INTRODUCCIÓN
EL PENTATEUCO
Se llama Pentateuco al conjunto de los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. La suma de estos libros sagrados forman algo similar a una sola obra en cinco partes. El nombre de Pentateuco, derivado del griego Pentáteuchos, significa «cinco estuches», y se aplicó, desde principios de la era cristiana, al contenido de los estuches en que se guardaban los rollos de los mencionados escritos. Los judíos y, frecuentemente también los cristianos, le dan el nombre de «La Ley», en hebreo ha-Torah.
1. ESTRUCTURA Y SÍNTESIS DEL CONTENIDO
El contenido del Pentateuco viene reflejado de forma genérica en los títulos que se dan a los libros que lo integran. Génesis: orígenes del mundo, del hombre y del pueblo de Israel; Éxodo: salida de los israelitas de Egipto; Levítico: leyes levíticas relativas a la santidad y al culto; Números: censos y listas de las personas que salieron de Egipto y anduvieron por el desierto; Deuteronomio: segunda Ley dada por Moisés antes de entrar en la tierra prometida.
Sin embargo, contemplado más de cerca, el contenido del Pentateuco presenta un aspecto bastante complejo. En él encontramos, por una parte, una secuencia narrativa que abarca desde Adán a Moisés; y, por otra, unos conjuntos de leyes y normas que reflejan distintas situaciones del pueblo de Israel. En el Pentateuco se da, por tanto, un entramado de relatos y de leyes que hacen de él una obra única en su género. Los hechos que se narran, desde la creación del mundo hasta el final de la peregrinación por el desierto tras la salida de Egipto, sirven para encuadrar las leyes; y éstas, a su vez, encuentran su motivación en aquellos hechos. En el conjunto del Pentateuco queda así claramente reflejado que la revelación de Dios se lleva a cabo mediante hechos y palabras intrínsecamente unidos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios sirven de apoyo a las palabras; y éstas, por su parte, esclarecen el sentido de los hechos1.
La división en cinco libros no corresponde exactamente al desarrollo de la historia narrada en el Pentateuco, pues se encuentran largas interrupciones precisamente para introducir los bloques de leyes. Al hilo de la narración de los cinco libros se puede descubrir la siguiente estructura:
I. Gn 1-11: Creación e historia de la humanidad hasta Abrahán. Prehistoria.
II. Gn 12-50: Historia de los Patriarcas: Abrahán, Isaac, Jacob y sus hijos.
III. Ex 1-18: Esclavitud en Egipto, liberación y camino por el desierto hasta el Sinaí.
IV. Ex 19-40: Alianza del Sinaí. Gran bloque de legislación: el Decálogo, el Código de la Alianza y prescripciones rituales.
V. Lv 1-27: Legislación sobre los sacrificios, los sacerdotes, la pureza ritual, y la santidad.
VI. Nm 1-10: Preparativos para la partida del Sinaí y algunas leyes.
VII. Nm 11-36: Etapas por el desierto desde el Sinaí hasta Moab, con una larga estancia intermedia en Cadés, y nuevas leyes sobre sacrificios y sacerdotes.
VIII. Dt 1-30: Tres amplios discursos de Moisés en Moab recordando las etapas del desierto y los mandamientos.
IX. Dt 31-34: Últimas disposiciones y muerte de Moisés en Moab.
En el desarrollo de la historia narrada en el Pentateuco se observa un proceso de selección. El libro del Génesis comienza teniendo en cuenta a toda la humanidad en la creación, en el drama del primer pecado, en la propagación de la humanidad por toda la tierra y en la expansión del mal que acarrea el castigo del diluvio. Con Noé, sin embargo, se da un nuevo comienzo de la humanidad; pero la atención del texto sagrado se centra en los descendientes de Sem —uno de los hijos de Noé— cuya línea va siguiendo hasta llegar a Abrahán, a quien Dios le promete la tierra de Canaán y numerosa descendencia. De los hijos de Abrahán, la historia bíblica sigue la línea de Isaac y luego la de Jacob, dejando al margen la de Ismael primero y la de Esaú después, a las que únicamente menciona. La atención se centra después en los doce hijos de Jacob de los que surgirán las doce tribus que han de formar el pueblo de Israel; y, entre éstos, se destaca a Judá y a José. El libro del Éxodo se fija especialmente en Moisés y Aarón, descendientes de Leví. Sin embargo, a partir de este momento el protagonista principal es el pueblo de Israel. Mediante ese proceso selectivo se ha pasado de considerar a toda la humanidad a fijarse en un solo pueblo, el pueblo elegido de Dios.
2. COMPOSICIÓN
Las leyes por las que se regía Israel fueron llamadas «Ley de Moisés»2. Así, en Ex 34,28 se dice que Moisés, por mandato de Dios, escribió en unas tablas de piedra las palabras de la Alianza, los mandamientos; y, en el libro de Nehemías, se narra que a la vuelta del destierro de Babilonia fue leída públicamente la «ley de Moisés que el Señor había entregado a Israel»3. Estos datos llevaron más tarde, poco antes de la época de Jesucristo, a considerar que había sido el mismo Moisés quien había escrito todo el Pentateuco. Con esa afirmación, que se refleja también en el Nuevo Testamento4, se venía a expresar la autoridad de los cinco libros como palabra escrita de parte de Dios por el gran profeta Moisés, y entregada a Israel. A partir de ahí, la autoría mosaica del Pentateuco vino a ser afirmada comúnmente en la tradición judía y cristiana.
Los estudiosos de la Biblia, sin embargo, percibieron ya desde antiguo que el Pentateuco recibió su forma actual después de la vuelta del destierro de Babilonia (siglos VI-V a.C.)5. Pero ha sido en época más reciente, a partir del siglo XVII, cuando el estudio de las fuentes del Pentateuco se ha realizado de una manera sistemática, llegándose a la conclusión de que en la redacción final fueron recogidos diversos materiales de distintas épocas, algunos de ellos antiquísimos, que, reelaborados y reorganizados por los autores inspirados conforme al núcleo de la Alianza, llegaron a constituir ese conjunto de cinco libros sagrados tal como los recibió primero el pueblo judío y luego la Iglesia. En ellos se revela una doctrina central especialmente viva tras la experiencia del destierro: que Israel es el pueblo elegido de Dios, que ha recibido la Ley como un don, y que debe cumplirla para permanecer como tal pueblo en la tierra prometida. Dios se sirvió de quienes, en una época u otra, y de distintas maneras, colaboraron en la formación de estos libros, de modo que «obrando Él en ellos y por ellos, pusieron por escrito, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería»6.
No sabemos a ciencia cierta qué forma tenía anteriormente, o cuál fue la historia recorrida por el material recogido en el Pentateuco, pero sí parece seguro que las antiguas tradiciones en torno a los patriarcas, a Moisés y la salida de Egipto, y a la entrada y conquista de la tierra, fueron reunidas y ampliadas de diversas maneras en los momentos de florecimiento cultural y religioso del pueblo de Israel.
En el Reino de Israel se acentuaban aspectos de sus tradiciones religiosas como la Alianza con Dios en el desierto, el cumplimiento de sus cláusulas y la trascendencia de Dios. La predicación de profetas como Amós y Oseas hizo profundizar en el significado religioso que esas antiguas tradiciones tenían para el pueblo. Es posible además que, cuando el Reino del Norte cayó en manos de los asirios (siglo VIII a.C.), muchos israelitas huyeran hacia el sur llevando sus tradiciones interpretadas con ese contenido teológico. A esta tradición del Norte se la ha denominado «Elohista» (E), porque en los relatos asociados a ella se designa a Dios con el nombre de Elohim.
Durante el siglo VII a.C., bajo los reyes Ezequías y Josías, hubo en el Reino de Judá profundas reformas religiosas que propiciaron el desarrollo de un nuevo modo de entender los acontecimientos pasados y que están en el origen de un resurgir literario que más adelante, durante el destierro y después de él, tuvo como manifestación más importante la composición de una historia de Israel narrada a partir de la conquista de la tierra (libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes). Esa narración suele llamarse «Deuteronomista» (D), porque incluía el Deuteronomio, o parte de él, como introducción a la historia narrada en dichos libros. Expone la Ley de Moisés en forma de grandes discursos, y acentúa la elección gratuita de parte de Dios así como la exigencia de fidelidad y obediencia a sus mandamientos. Al mismo tiempo, aboga por la centralización del culto en un único santuario: el templo de Jerusalén.
La actividad literaria emprendida por la reforma deuteronomista posiblemente no se limitó a la narración de la historia desde Josué a Reyes. Parece probable que sirviera de estímulo para ir dando forma a antiguos relatos tradicionales. Sobre la base de tales tradiciones, tanto escritas como orales, se irían componiendo algunos ciclos narrativos: la historia de los orígenes, los patriarcas, Israel en Egipto y su éxodo, e Israel en el desierto hasta la entrada en la tierra de Canaán. De este modo se irían poniendo las bases para la composición de un grandioso prólogo al Deuteronomio y a la historia que lo sigue, en el que se unificarían armoniosamente los antiguos datos sobre la historia de salvación, desde el origen del mundo hasta los albores del asentamiento estable de Israel en la tierra de Canaán. En esas narraciones se emplea en ocasiones el nombre de Yahwéh como nombre propio de Dios. Por eso, al referirse a la tradición que recoge esos pasajes se utiliza el término «Yahvista» (para designarla habitualmente se emplea la abreviatura J, del alemán Jahwist).
El destierro en Babilonia (siglo VI a.C.) fue un momento importante de profundización religiosa para Israel. Allí los sacerdotes deportados desde Jerusalén hubieron de mantener la fe del pueblo frente a la religión babilónica cargada de mitos y prácticas rituales propios del paganismo. Para ello recordarían una vez más las tradiciones de los antepasados, mostrando cómo toda la historia de la humanidad y en especial la vida del pueblo de Israel se desarrolló al hilo de sucesivas alianzas de Dios con los hombres. La actividad literaria de dichos círculos sacerdotales, que continúa a la vuelta del destierro, queda reflejada en grandes conjuntos de leyes por las que ha de regirse el culto y mantenerse la pureza de los sacerdotes y del pueblo. A tal actividad literaria se la designa en los estudios actuales como obra «Sacerdotal» (P, de Priester, sacerdote en alemán), obra que ha dejado una profunda huella en el texto definitivo del Pentateuco.
La investigación reciente intenta, sin llegar a un consenso definitivo, determinar la parte del material del Pentateuco que pertenece a uno u otro de los momentos históricos señalados. Parece claro que la doctrina contenida en esos cinco libros no surgió como algo nuevo en el tiempo de su redacción final o en la época inmediatamente anterior, sino que los puntos fundamentales como la elección, la alianza, la ley y el culto, estaban ya presentes en las antiguas tradiciones de Israel.
3. UNIDAD
Todas esas formas de tradición que debieron de existir previamente a la redacción final, aun presentando sus propias peculiaridades literarias y doctrinales, quedaron integradas por inspiración divina en el conjunto de la gran obra que llamamos Pentateuco, y llegaron a constituir «La Ley» de Moisés. Al hilo de las primeras palabras de cada uno de los cinco libros, que son como el título dado por los autores sagrados, descubrimos su trama unitaria.
El Génesis presenta la respuesta, dada desde la fe en el Señor, a la pregunta de cuándo y cómo empezó la historia del pueblo de Israel. Pero, evidentemente, se había de considerar también la existencia de otros pueblos más numerosos que Israel, e incluso se había de dar respuesta al interrogante sobre el origen del mundo y de la humanidad. Para ello se recogen las tradiciones que hablaban de los comienzos: de la creación del mundo y del hombre, del origen de los pueblos, y, especialmente, de cuanto se refería al origen de Israel, es decir, a Abrahán, que había llegado de Mesopotamia7, y a Jacob, el arameo errante que bajó a Egipto8. Todo ello queda integrado en un libro, el Génesis, de cuyo contenido dan razón las palabras con las que comienza el texto hebreo Beresit («En el principio») (Gn 1,1). Así se venía a mostrar la primera etapa de la historia del pueblo, la etapa de su elección por parte de Dios.
El libro del Génesis concluía dejando a los israelitas en Egipto. Sin embargo, ahí no acababa la historia del pueblo, sino que volvía a comenzar con la salida de aquel país. Esta etapa de la historia se centra en la figura de Moisés y en quienes con él fueron rescatados de Egipto, y prometieron solemnemente cumplir la voluntad del Señor al ser constituidos pueblo santo, pueblo elegido, en el que Dios mismo iba a poner su morada. Debía tener gran importancia señalar expresamente a aquellos que con Moisés fueron el núcleo del pueblo renovado, y, por eso, la narración de esta etapa de la historia del pueblo elegido, recogida en el libro del Éxodo, comienza con las palabras Éstos son los nombres de los que bajaron a Egipto (Ex 1,1). Así, en este libro se integran las tradiciones en torno a la salida de Egipto, la Alianza y la venida del Señor a habitar en medio de su pueblo.
Si Dios mora en medio de su pueblo, éste debe vivir en santidad. La historia del pueblo, sin embargo, fue una sucesión de experiencias de pecado, de castigo y de perdón. ¿Podrá alguna vez el pueblo obtener el perdón definitivo y vivir en santidad? ¿Cómo podrá el pueblo conocer la voluntad de Dios? La respuesta se encuentra en la ley y en el culto. La legislación cultual, proveniente de círculos sacerdotales, era abundante; y este lugar de la obra dividida en cinco rollos, es decir, el libro del Levítico, es, sin duda, el más apropiado para exponer tal legislación en continuidad con lo narrado en el rollo anterior. Dios mismo ordena a su pueblo, por medio de Moisés, cómo ha de servirle en todo momento. La recopilación se inicia, por tanto, con las palabras El Señor llamó a Moisés y le habló así desde la Tienda de Reunión (Lv 1,1), es decir, llamó al pueblo a su servicio y le dio normas para ello.
La historia debía continuar, ya que en el libro anterior Israel había quedado junto al Sinaí, mientras que Dios le había prometido la tierra de Canaán. Por eso se narra la reanudación de la marcha por el desierto, avanzando todos en perfecto orden, y se presentan las pruebas a las que el pueblo es sometido. Ante ellas muchos claudicaron. Esto explica los cuarenta años de peregrinación: que aquella generación pecadora quedara purificada, y la nueva se encontrara en condiciones de pasar el Jordán y tomar posesión de la tierra que Dios había prometido a Abrahán. Los materiales que integran esta parte, es decir, el libro de los Números, son una mezcla de antiguos relatos de conflictos con los pueblos circundantes de Israel. La intencionalidad profunda es mostrar la tensión entre el castigo y la salvación. Aquél alcanza incluso a Moisés y Aarón que no entraron en la tierra prometida; la salvación se refleja en el nombre del nuevo héroe, Josué, que significa precisamente «Yahwéh salva». La identidad del pueblo que ha recibido la Palabra de Dios se forja en el desierto, y por eso el material recogido acerca de la peregrinación por el Sinaí, se introduce con las palabras: En el desierto del Sinaí, el Señor habló a Moisés (Nm 1,1).
La llegada a las llanuras de Moab, antes de entrar en la Tierra, era el momento adecuado para los grandes discursos de Moisés en los que venía claramente interpretada la historia de Israel como historia de salvación: Israel ha sido elegido por Dios, no por ser un pueblo numeroso ni extraordinario, sino por el gran amor con que Dios lo amó. Estos discursos de Moisés pasaron a constituir el quinto rollo, el Deuteronomio, cuyo contenido se introduce precisamente así: Éstas son las palabras que habló Moisés a todo Israel (Dt 1,1). Palabras, en efecto, que muestran con claridad el sentido de la larga historia de Israel: la manifestación del amor de Dios como Padre y la respuesta filial del pueblo.
Desde el punto de vista religioso, todo el material recogido en el Pentateuco adquiere un valor de enseñanza obligatoria vinculante y de norma para el pueblo de Israel. Todo llega a constituir por igual «La Ley» del Señor. La diversidad entre unas y otras formas de tradición viene a ser un factor enriquecedor: se complementan mutuamente y de ningún modo se excluyen como opuestas entre sí. Integradas en un único conjunto, «La Ley», presentan la forma de actuar de Dios con su pueblo y la respuesta que de él espera.
4. ENSEÑANZA
La enseñanza del Pentateuco es fundamentalmente de carácter religioso: muestra cómo Dios actuó en la historia humana haciendo surgir el pueblo de Israel9, y enseña la respuesta que el pueblo debía dar a Dios. Presenta, por tanto, el fundamento de la fe y de la religión de Israel en las que, sobre todo, se confesaban las intervenciones de Dios en los acontecimientos del pasado10, porque sin la acción de Dios tales acontecimientos no serían explicables. Al mismo tiempo, enseña que Dios manifiesta su voluntad a través de personas que hablan en su nombre. De ahí la importancia de las palabras puestas en boca de Moisés. Así, los acontecimientos y las palabras que los interpretan manifestando la voluntad de Dios, van intrínsecamente unidos. Ambas realidades, acontecimientos y palabras, provienen de Dios y forman parte de la historia de la salvación.
La historia de la manifestación de Dios expuesta en el Pentateuco es, al mismo tiempo, historia del conocimiento del verdadero Dios por parte del hombre. A través de profundas experiencias históricas y mediante las palabras de quienes hablaban en nombre de Dios, Israel llegó al conocimiento del Dios único y trascendente, omnipotente, salvador y misericordioso11. Tal es la imagen de Dios que ofrecen los cinco primeros libros de la Biblia.
El Pentateuco enseña que Dios actúa en la historia humana eligiendo a un pueblo para ser instrumento de salvación de cara a los demás pueblos. Esta Elección, fundada en el amor gratuito, constituye la clave para comprender el desarrollo de la historia que presenta no sólo el Pentateuco, sino toda la Biblia. El Pentateuco comienza propiamente con la elección de un hombre, Abrahán, y alcanza a todo el pueblo de Israel bajo la mediación de otro elegido, Moisés.
La elección va acompañada de la Promesa. El Pentateuco es también el libro de las promesas. A Abrahán y a los patriarcas Dios les promete la tierra de Canaán y una descendencia numerosa; al pueblo, rescatado de Egipto, le vuelve a prometer la tierra; y a todos los descendientes de Adán les promete la liberación y la victoria frente al mal12.
Elección y promesa se ratifican en la Alianza. El centro del Pentateuco lo constituye la Alianza de Dios con su pueblo por mediación de Moisés. Pero en esa Alianza viene a culminar una historia de alianzas que comienza propiamente con Noé y continúa con Abrahán y los patriarcas hasta Moisés. Israel con razón se considerará a sí mismo como el pueblo de la Alianza.
La Alianza lleva consigo la Ley, que viene a ser el conjunto de estipulaciones que el pueblo, por su parte, ha de cumplir para mantener su pacto con Dios. En este contexto la Ley adquiere un profundo significado, pues el asumirla libremente conlleva la aceptación agradecida de la elección, y el cumplirla representa el deseo sincero y eficaz de conseguir el don de la promesa. La ley de Dios aparece así, ella misma, como un don. De esta forma bajo el nombre de La Ley, con el que la tradición judía designa al Pentateuco, queda incluido no sólo su aspecto de «norma», sino el de «intervención salvadora de Dios» de la que habla toda la Ley.
5. EL PENTATEUCO A LA LUZ DEL NUEVO TESTAMENTO
Leído a la luz de la fe cristiana, el Pentateuco no sólo no pierde nada de su excelso sentido religioso, sino que éste se percibe con mayor profundidad, ya que se sitúa en el conjunto de la revelación divina testimoniada en la Biblia. El contenido del Pentateuco aparece así como una etapa, la primera, de la historia de la salvación; historia que continúa y alcanza su culminación en Jesucristo y en la Iglesia, nuevo pueblo de Dios.
El Dios que revela Jesucristo no es otro que el que se había dado a conocer a Moisés y a los patriarcas, el Dios único, trascendente y misericordioso, que actúa en la historia humana. El Nuevo Testamento enseña que esa actuación de Dios ha llegado a un límite insospechado: Dios se ha hecho hombre para salvar al hombre13. Y en este acontecimiento central de la historia, Dios ha revelado que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, Trinidad de Personas siendo el Único Dios.
La finalidad de la elección de Israel, ser instrumento de bendición para todos los pueblos, se ve cumplida en el Nuevo Testamento en cuanto que éste muestra cómo el Salvador ha surgido del pueblo de Israel. Cristo representa a Israel pues Él es el Elegido de Dios para traer la salvación a todos los hombres, y con Él, y a través de Él, el número de los elegidos se ha desplegado por encima de cualquier limitación14.
Si en el Pentateuco la elección va unida a la promesa, en el Nuevo Testamento se nos enseña que las promesas se han cumplido mediante Cristo. Él es el sí a las promesas15; promesas que, a lo largo de la historia de la salvación testimoniada en el Antiguo Testamento, sobrepasaban ya la posesión de la tierra para apuntar al Reino de Dios. Es la nueva situación que Cristo instaura, y cuyo advenimiento definitivo sigue siendo promesa irrevocable.
Las alianzas que ratificaban la elección y las promesas culminan en la nueva y definitiva Alianza sellada con la sangre de Cristo. Pero ésta no sería comprensible sin aquéllas, ya que las primeras, teniendo ciertamente un contenido propio, eran preparación para la definitiva. Ésta es la «Nueva Alianza» porque existía la «Antigua». Y, junto a la Nueva Alianza, se revela la Nueva Ley que, fundamentada también sobre la Antigua16, se presenta ahora como Ley de Cristo, inscrita en el interior del hombre por el Espíritu Santo.
En todos estos aspectos, la Ley, que comprende el conjunto del Pentateuco, era y sigue siendo, como enseña San Pablo, el pedagogo que nos lleva a Cristo17. «La Ley —explica el Catecismo de la Iglesia Católica— constituye la primera etapa en el camino del Reino. Prepara y dispone al pueblo elegido y a cada cristiano a la conversión y a la fe en el Dios Salvador. Proporciona una enseñanza que subsiste para siempre, como la Palabra de Dios. La Ley antigua es una preparación para el Evangelio. “La ley es profecía y pedagogía de las realidades venideras” (S. Ireneo, Haer. 4, 15, 1). Profetiza y presagia la obra de liberación del pecado que se realizará con Cristo; suministra al Nuevo Testamento las imágenes, los “tipos”, los símbolos para expresar la vida según el Espíritu. La Ley se completa mediante la enseñanza de los libros sapienciales y de los profetas, que la orientan hacia la Nueva Alianza y el Reino de los Cielos»18.
6. INTERPRETACIÓN
El Pentateuco narra una etapa esencial de la historia de la Salvación: los orígenes del pueblo de Israel y su constitución como pueblo de Dios fundado en la Alianza y en la Ley. Tanto en los acontecimientos narrados como en las leyes que presenta, el Pentateuco deja entrever los proyectos divinos para la salvación de todos los hombres. El Pentateuco, por tanto, quiere ser, y es, una obra de carácter predominantemente histórico; y al mismo tiempo quiere ofrecer, y ofrece, un camino concreto para el comportamiento humano. Como hemos visto, cuenta la historia de los antepasados del pueblo desde la perspectiva de una fe que se apoya en la revelación posterior: en los sucesos del Sinaí y en la enseñanza de los profetas. Presenta la legislación mosaica desde situaciones y experiencias vividas por el pueblo a lo largo de su historia, desde sus orígenes hasta la época del destierro babilónico. La historia en el Pentateuco reviste un carácter muy peculiar: es una historia en la que lo más importante no es poder comprobar si los hechos han ocurrido de tal o cual forma, sino descubrir la enseñanza que los autores sagrados quieren dar cuando trasmiten esos hechos en uno y otro momento. En cuanto a las leyes, lo esencial no es muchas veces su normativa concreta en una situación particular del pueblo elegido, sino el espíritu que las anima y lo que tienen de validez universal. Dicho con palabras del Concilio Vaticano II, lo que importa es averiguar «qué es lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y quiso Dios manifestar con las palabras de ellos»19. Éste es el sentido que se suele denominar «histórico» o «literal», y que intentaremos explicitar en primer lugar en los comentarios al texto del Pentateuco.
Junto a una interpretación de carácter «histórico», los libros del Pentateuco, tanto o más que cualesquiera otros escritos, ofrecen también la posibilidad de una interpretación teológica y espiritual. A esta interpretación se prestan especialmente los primeros capítulos del Génesis, que, además del significado que pudieran tener en el tiempo de su composición, se abren a una comprensión creciente y a una actualización en otros marcos culturales y religiosos. En este sentido, nuestros comentarios a Gn 1-3 recogen algunas de las enseñanzas de San Juan Pablo II al hilo de estos pasajes. Pero además, cuando en las narraciones del Pentateuco aparecen personajes concretos, también éstos son susceptibles de una interpretación simbólica, en cuanto que es posible ver en ellos modelos de conducta, de actitudes ante Dios y de valores espirituales. Una tendencia a esta interpretación se aprecia ya al final del Antiguo Testamento20, y continúa en el Nuevo21 desarrollándose, especialmente, en la época patrística. Se descubre así, en los relatos sobre personajes o hechos concretos, un sentido espiritual que, sin oponerse al sentido histórico, lleva a comprender los textos del Pentateuco como una catequesis de vida cristiana. En el comentario quedan recogidas asimismo algunas interpretaciones en este sentido.
Finalmente, y leyendo el Pentateuco a la luz de la revelación de Jesucristo, se llega a comprender su sentido no sólo como una etapa de la historia de la salvación, sino como un anuncio directo de su desenlace, es decir, de Cristo y de la Iglesia. Éstos se ven representados en los personajes y en las realidades que aparecen en aquél. Se trata, en este caso, de una interpretación tipológica que incluso descubre presencias latentes —tipos o prefiguraciones— de Cristo y de la Iglesia. Este modo de interpretar el Pentateuco lo encontramos ya en el Nuevo Testamento (como por ejemplo en el pasaje donde San Pablo ve en Agar la Antigua Alianza y en Sara la Nueva22), pero se desarrolla ampliamente entre los Santos Padres. Su valor radica especialmente en mostrar así la presencia de Cristo en toda la Biblia. En los comentarios que siguen encontrará el lector algunos ejemplos de esta interpretación tipológica que «manifiesta el contenido inagotable del Antiguo Testamento (…) y significa un dinamismo que se orienta al cumplimiento del plan divino cuando “Dios sea todo en todos” (1 Co 15,28)»23.
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1 Cfr Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 2. 2 Cfr Dt 31,9; Jos 8,31-35; 23,6; 25,25. 3 Cfr Ne 8,1-8. 4 Cfr Mt 8,4; Mc 7,10; 12,26; Lc 24,44; Jn 1,45; 5,46; Hch 3,22; Rm 10,5.19; 1 Co 9,9; 2 Co 3,15. 5 San Jerónimo explicaba que la narración de la muerte de Moisés (cfr Dt 34), y algunas expresiones, como cuando se dice «hasta el día de hoy» (Gn 35,4), se debían a Esdras al hacer la copia de la Ley de Moisés (cfr De Perpetua Virginitate B. Mariae, 7; PL 23,190). 6 Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 11. 7 Cfr Jos 24,2; Is 51,2. 8 Cfr Dt 26,5. 9 Para un resumen de las etapas de la Revelación cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 54-63. 10 Cfr Dt 26,5-10; Jos 24,2-13. 11 Cfr Ex 34,1-6. 12 Cfr Gn 3,15. 13 Cfr Jn 1,14. 14 Cfr Gn 3,15. 15 Cfr Ap 7,12. 16 Cfr Mt 7,12. 17 Cfr Ga 3,24-25. 18 Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1963-1964. 19 Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n.12. 20 Cfr Si 44. 21 Cfr Hb 11. 22 Cfr Ga 4,21. 23 Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 129-130.