Entre las características de Cristo sacerdote que se resaltan en ese texto de la Carta a los Hebreos están precisamente la pureza y santidad, actitudes profundas que tienen notable importancia en el Levítico y que siguen manteniendo todo su valor. Precisamente en el Nuevo Testamento es donde se entiende en plenitud la necesidad de la pureza para acercarse a Dios; pureza que no se limita, como en el Levítico, a una limpieza ritual, sino que ha de proceder del interior mismo del hombre, de su corazón, pues de él «proceden los malos pensamientos, homicidios, adulterios, actos impuros, robos, falsos testimonios y blasfemias»37. Por eso la verdadera pureza requiere la purificación de corazón. Los que ajusten su inteligencia, su voluntad y sus obras a las exigencias de la santidad de Dios serán dichosos porque llegarán hasta Él: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios»38.
También en el Nuevo Testamento se da un mayor alcance y profundidad al significado de la santidad. En concreto, se descubre que el Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad. Así lo afirma Jesús en el Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí»39. Y es patente que quien orienta su vida cristiana hacia la identificación con Cristo, Dios y hombre, está en el camino que se ha abierto al hombre para acceder a la plena intimidad con Dios. Además, la misión de Cristo ha sido la de abrir las puertas de la santidad a todos los miembros del pueblo de Dios: «Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama “el solo santo”, amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios»40.
Las principales enseñanzas del libro del Levítico encuentran su culminación y su más admirable síntesis en la enseñanza de Jesús. «El Nombre de Dios Santo se nos ha revelado y dado, en la carne, en Jesús, como Salvador: revelado por lo que Él es, por su Palabra y por su sacrificio. Esto es el núcleo de su oración sacerdotal: “Padre santo… por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad” (Jn 17,19). Jesús nos “manifiesta” el Nombre del Padre, porque “santifica” Él mismo su Nombre. Al terminar su Pascua, el Padre le da el Nombre que está sobre todo nombre: Jesús es Señor para gloria de Dios Padre»41.
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1 Lv 1,3-17. 2 Lv 2,1-16. 3 Lv 3,1-17. 4 Lv 4,1-5,13. 5 Lv 5,14-26. 6 Lv 6,1-7,38. 7 Lv 8,1-36. 8 Lv 9,1-24. 9 Lv 10,1-20. 10 Lv 11,1-47. 11 Lv 12,1-8. 12 Lv 13,1-15,33. 13 Lv 16,1-34. 14 Lv 17,1-16. 15 Lv 18,1-30. 16 Lv 19,1-37. 17 Lv 20,1-27. 18 Lv 21,1-22,33. 19 Lv 23,1-25,55. 20 Lv 26,1-46. 21 Lv 27,1-34. 22 Ex 20,22-23,19. 23 Dt 12-25. 24 Lv 17-26. 25 Cfr Introducción al Pentateuco, § 2. 26 Cfr Is 6,3. 27 Cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2809. 28 Lv 19,2. 29 Cfr Lv 19,3.11.35s; etc. 30 Cfr Lv 19,14. 31 Cfr Lv 19,17ss. 32 Cfr Jn 4,23. 33 Hb 8,1-10,18. 34 Hb 9, 6-12. 35 Hb 4,14-7,28. 36 Hb 7, 26-27. 37 Mt 15,19. 38 Mt 5,8. 39 Jn 14,6. 40 Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 39. 41 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2812.