INTRODUCCIÓN

LOS LIBROS POÉTICOS Y SAPIENCIALES DEL ANTIGUO TESTAMENTO

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I. CARACTERÍSTICAS GENERALES

1. SITUACIÓN Y ORDEN EN EL CONJUNTO DE LA BIBLIA

Este tercer grupo de escritos de la Sagrada Biblia contiene los libros que, siguiendo la orientación de las versiones griega y latina, se han transmitido en la Biblia cristiana como «libros sapienciales o poéticos», a veces también llamados «didácticos» o «morales». Atendiendo a su forma y a su contenido genérico, se pueden clasificar en libros poéticos (Salmos y Cantar de los Cantares) y libros sapienciales (Job, Proverbios, Eclesiastés [Qohélet], Eclesiástico [Sirácida] y Sabiduría). En el canon católico vienen a continuación de los libros históricos y preceden a los libros de los profetas. No sucede lo mismo en la Biblia hebrea, en la que cinco de estos libros —pues en ella faltan Eclesiástico y Sabiduría— son transmitidos dentro del grupo denominado «Escritos»1. Éstos están colocados al final, detrás de la Ley (o Pentateuco) y de los Profetas2. En la Biblia cristiana, en cambio, los Profetas3 son los últimos del Antiguo Testamento porque ellos anuncian de manera más inmediata la venida del Mesías, Jesucristo nuestro Señor.

El orden que siguen los libros en la Biblia cristiana responde a su pretendida antigüedad, o a la época en que se sitúan sus protagonistas. Así, Job aparece el primero porque en el libro que lleva su nombre es presentado como un antiguo patriarca; después viene el libro de los Salmos que la tradición atribuye a David, y luego los atribuidos a su hijo Salomón: Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares y Sabiduría. Cierra la colección el libro del Eclesiástico escrito por Jesús ben Sirac, un gran maestro judío de comienzos del siglo II a.C.

2. LA POESÍA BÍBLICA

El rasgo formal más destacado en estos libros es el leguaje poético que, si bien está también presente en otros libros del Antiguo Testamento, en éstos predomina casi por completo. El libro de los Salmos y el del Cantar de los Cantares contienen poesía lírica, mientras que los otros recogen normalmente refranes o sentencias en forma de versos, y poemas de carácter sapiencial más o menos amplios. De ahí la designación, no del todo exacta, de los Salmos y el Cantar como libros poéticos, y del resto como libros sapienciales.

La característica más notable de la poesía hebrea es que se construye con la idea expresada y contenida en cada verso. Por regla general el verso está dividido en dos partes o hemistiquios, y el recurso poético consiste en repetir en la segunda parte del verso la misma idea que en la primera utilizando otros términos, o en remachar la idea con una oposición (decir lo que algo es y lo que no es), o en completar lo ya dicho antes. Según se dé uno u otro de estos casos recibe el nombre de paralelismo sinonímico, antitético, o progresivo. Con frecuencia estos tipos de paralelismo no se dan en el interior de un mismo verso, sino entre un verso y el siguiente o entre varios versos; es el llamado paralelismo externo.

Además del paralelismo, que puede ser apreciado incluso en las traducciones del hebreo a otras lenguas, la poesía bíblica se sirve de otros recursos que sólo se aprecian en la lengua original. Tales son la sonoridad, conseguida mediante el uso de términos con consonantes de sonido parecido, los juegos de palabras que suenan de manera similar, o la repetición de secuencias de acentos. Estos recursos hacen de la poesía hebrea, como sucede también en la de otras lenguas, un modo propio de expresar y transmitir los sentimientos sirviéndose del impacto que la expresión poética produce al oído o a la vista, y no tanto de la racionalidad del pensamiento o del discurso. De esta manera el mismo recurso poético contribuye no poco a dar significación al texto poético.

II. APORTACIÓN A LA REVELACIÓN VETEROTESTAMENTARIA

1. CONEXIÓN CON LA TRADICIÓN ANTERIOR

Los libros poéticos y sapienciales fueron compuestos después de la vuelta del destierro, entre los siglos V y I a.C., si bien algunos recogen materiales que existían ya en la época de la monarquía, como es el caso de algunos salmos y bastantes proverbios. Quizá por eso muchos salmos son atribuidos a David y tres de los libros sapienciales —Proverbios, Eclesiastés y Sabiduría— mencionan de una u otra forma a Salomón como su autor. Tal autoría, expresada en el texto del libro, responde más bien a un procedimiento literario, frecuente entre los judíos en aquella época y posteriormente, denominado pseudonimia o pseudoepigrafía. Consiste en utilizar el nombre de un personaje famoso del pasado como si fuese el que habla en el libro. No se trata de un engaño, sino de la convicción del autor real, que desconocemos, de que su enseñanza conecta con la de la persona a la que suplanta como si fuese en cierto modo su representante. Es por tanto el personaje célebre el que da autoridad a la obra. De este modo, la pseudonimia intenta mostrar que el escrito en cuestión se inserta en la tradición de Israel.

Al leer los libros sapienciales y poéticos, en efecto, se ve con claridad su conexión con la tradición anterior, al mismo tiempo que se perciben acentos propios; incluso a veces, especialmente en algunos libros sapienciales, se descubren ideas nuevas que reflejan el progreso de la Revelación divina. En conjunto, los libros sapienciales y poéticos están estrechamente relacionados con la Ley de Moisés. Así el libro de los Salmos, al quedar dividido en cinco partes o «libros», es presentado como la respuesta del hombre, hecha oración y meditación, ante la Ley de Moisés dada también en cinco libros. Por otra parte, muchos salmos alaban la Ley del Señor o recuerdan los acontecimientos narrados en el Pentateuco. El Cantar de los Cantares ensalza la fuerza del amor y la atracción entre los esposos que, según la Ley (cfr Gn 2,22-24), Dios infundió en el ser humano cuando lo creó varón y mujer. Los libros sapienciales representan la interiorización en el hombre de la Ley divina, cuya bondad es descubierta mediante la razón y la experiencia humanas, y cuyo conocimiento y práctica hace sabio al hombre. De ahí que lo que la Ley prescribe en forma de mandamientos, en los libros sapienciales se proponga en forma de sabios consejos mostrando las consecuencias de seguirlos o no. Al conocimiento de Dios y de su Ley se llega también escuchando la tradición de los sabios.

2. REVELACIÓN DIVINA MEDIANTE LA SABIDURÍA HUMANA

El vínculo profundo que existe entre el conocimiento de fe y el de la razón es, sin duda alguna, una de las aportaciones más destacadas de los libros sapienciales en el conjunto de la Revelación. El progreso de la Revelación en el Antiguo Testamento se percibe, ciertamente, a través de las narraciones de las acciones salvadoras de Dios en favor de su pueblo (Pentateuco y libros históricos), y asimismo en los sucesivos mensajes y oráculos que los profetas, inspirados y en nombre de Dios, dirigen al pueblo. Pero ese progreso se observa también a través de los esfuerzos de la razón humana que, guiada por el mismo Dios, va profundizando en el misterio divino, y en el ser y la situación del hombre que busca a Dios y lo percibe en la creación y en la historia. Los sabios se plantean cuestiones que no siempre encuentran respuestas inmediatas, pero, mediante lo que ellos reflexionan, Dios hace que el hombre sea estimulado en la búsqueda de la verdad, que en definitiva es Él mismo. El esfuerzo de la razón y el hecho de que ésta sea guiada por la fe se descubren en el desarrollo de la sabiduría bíblica, tal como se percibe a través de las distintas etapas reflejadas en los libros sapienciales.

III. DESARROLLO DE LA REFLEXIÓN SAPIENCIAL

1. EL INICIO DE LA TRADICIÓN SAPIENCIAL

En un primer momento los sabios de Israel razonan a partir de la observación de la naturaleza y de las consecuencias personales y sociales que tienen las acciones humanas. De ahí que la sabiduría incluya tanto el conocimiento de las ciencias naturales como el juicio recto sobre la conducta humana. Así lo vemos en la narración de la historia de Salomón, prototipo de rey sabio en la Biblia4. En los libros sapienciales se aprecia que las enseñanzas sobre la forma de vivir para ser feliz y tener éxito que existían en otros pueblos, sobre todo Egipto y Mesopotamia, son asumidas por los sabios israelitas como propias, si bien impregnándolas de su fe en el Dios de Israel, y acentuando como norma de sabiduría el «temor del Señor»5. Es el Señor quien garantiza que a quien obra el bien le va bien, y a quien obra el mal le va mal.

«Lo que llama la atención en la lectura, hecha sin prejuicios, de estas páginas de la Escritura, es el hecho de que en estos textos se contenga no solamente la fe de Israel, sino también la riqueza de civilizaciones y culturas ya desaparecidas. Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia hacen oír de nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo Oriente reviven en estas páginas ricas de intuiciones muy profundas. No es casual que, en el momento en el que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la verdad: “Feliz el hombre que se ejercita en la sabiduría, y que en su inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su corazón, y sus secretos considera” (Si 14,20-21)»6.

2. PROFUNDIZACIÓN EN CUESTIONES TRASCENDENTES

Pero el presupuesto de la sabiduría tradicional sobre las consecuencias del actuar humano va a ser sometido en un momento posterior a una reflexión más profunda a partir de la experiencia y de la misma razón que busca sin descanso la verdad. Lo vemos en el libro de Job, en el que se presenta en forma dramática el sufrimiento del hombre justo. Aunque en la redacción final del libro se quiere mostrar la validez de la enseñanza anterior —que Dios colma de bienes de este mundo al que le es fiel—, sin embargo queda recogida con fuerza la insatisfacción de algunas de estas enseñanzas, tal como las exponen los amigos de Job; el dolor humano —se enseña ahora— es una prueba permitida por Dios en la que el hombre puede manifestar su fidelidad.

También en el libro del Eclesiastés son sometidas a juicio las propuestas de la sabiduría tradicional sobre el sentido de la vida. El autor se fija en la universalidad de la muerte que alcanza por igual a justos e impíos, a sabios y a ignorantes, y hace que todo sea vanidad, es decir, esfuerzo inútil. Es una voz que se alza frente a formas de pensar apocalípticas que, ya hacia el siglo IV a.C., imaginaban de forma simplista una retribución material después de la muerte, y frente a las tendencias hedonistas y materialistas propagadas por corrientes de la sabiduría griega, que negaban el más allá y centraban la existencia en la búsqueda de una felicidad terrena. El libro del Eclesiastés presenta una sabiduría realista que, considerando el carácter efímero de toda vida humana, y asumiendo lo que en realidad se aprecia por la experiencia, orienta, a pesar de todo, a vivir en el «temor del Señor», es decir, en la reverencia y reconocimiento de Dios y de sus obras.

3. ALGUNAS SÍNTESIS

La fuerza de la filosofía griega, extendida a partir del siglo III a.C. por todo el próximo oriente, lleva también a los sabios judíos a reafirmar la sabiduría de Israel. En el libro del Eclesiástico, Jesús ben Sirac, hacia el año 190 a.C., propone de nuevo las enseñanzas de la sabiduría israelita tradicional. No parece olvidar, sin embargo, algunas de las agudas cuestiones antes planteadas, y encuentra en el conocimiento y práctica de la Ley de Moisés, y no sólo en el «temor del Señor», la verdadera sabiduría que trae la felicidad al hombre. El premio de los justos consiste sobre todo en el buen recuerdo que de ellos tendrán sus descendientes, y no tanto en los bienes materiales recibidos en esta vida.

El autor del libro de la Sabiduría, inmediatamente antes de la era cristiana, escribe su obra en Alejandría queriendo asumir los aspectos positivos de la sabiduría griega e integrarlos en la tradición sapiencial de Israel. De esta forma hacía al mismo tiempo respetable la Ley judía ante los gentiles. Rechaza con toda su fuerza retórica y con argumentos racionales el culto a los ídolos o falsos dioses de los pueblos paganos, y ve en la inmortalidad del alma el premio divino al hombre justo.

Con los libros del Eclesiástico y de la Sabiduría, la Revelación divina en el Antiguo Testamento va a dar paso de manera inmediata a la del Nuevo. Las ideas que aparecen en ellos sobre el ser del hombre y sus aspiraciones son asumidas por los hagiógrafos del Nuevo Testamento, si bien iluminados sobre todo por la luz de la Persona y de la obra de Jesucristo. Difícilmente se comprendería el paso del Antiguo al Nuevo Testamento sin tener en cuenta las enseñanzas de estos libros. La Iglesia católica los considera inspirados y canónicos; no así la tradición protestante, que sigue en esto al judaísmo.

IV. PREPARACIÓN PARA EL NUEVO TESTAMENTO

Los libros poéticos y sapienciales, como todo el Antiguo Testamento pero con su aportación original, orientan hacia Jesucristo y preparan su venida. No lo hacen anunciando directamente al Mesías, como sucede en los libros de los Profetas, sino preparando el espíritu humano para recibirlo y comprenderlo.

Los sentimientos del hombre en las diversas situaciones de la vida, hechos oración ante Dios en el libro de los Salmos, anticipan los anhelos y emociones que experimentó en grado supremo nuestro Señor Jesucristo que, con frecuencia, utilizó los salmos para expresar esos sentimientos. Además, los discípulos pudieron ver cumplidas en la vida de Jesús y especialmente en su muerte y resurrección las palabras escritas en ese libro. El Cantar de los Cantares, interpretado ya en la época del Nuevo Testamento como canto de amor entre Dios y su pueblo, prepara al lector para comprender la relación entre Cristo y la Iglesia como la que existe entre el esposo y la esposa.

El libro de Job, que presenta en todo su dramatismo el problema del sufrimiento del inocente, queda abierto a recibir una respuesta definitiva y realista en el Nuevo Testamento: la muerte y resurrección de Jesús. El libro del Eclesiastés, que reflexiona sobre la vanidad de todas las cosas terrenas y del esfuerzo humano, prepara para percibir el valor de las realidades celestiales y la necesidad de la gracia divina para llenar de sentido las acciones y la vida humanas. Los libros de Proverbios, Eclesiástico y Sabiduría, que presentan la Sabiduría divina personificada y actuando entre los hombres, son la clave para la comprensión de Jesucristo como la Palabra hecha carne expuesta en el Evangelio de San Juan. A la luz del Nuevo Testamento se aprecia la verdadera aportación de los libros sapienciales en el proceso de la Revelación divina que culmina en Cristo.

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1 Los «Escritos» incluyen además los libros de Rut, Lamentaciones, Ester, Daniel, Esdras, Nehemías y los dos de Crónicas. 2 Los «Profetas » comprenden desde Josué a 2 Reyes, más Isaías, Jeremías y Ezequiel y los doce profetas menores. 3 Se entienden como tales Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, más los doce profetas menores. 4 Cfr 1 R 3,9-14. 5 Cfr Pr 22,17-24,22. 6 Juan Pablo II, Fides et Ratio, n. 16.