3. CONTENIDO
El mensaje profético abarca en su conjunto todo el depósito de la fe israelita, pero cada profeta subraya y desarrolla los aspectos doctrinales que eran más necesarios para sus contemporáneos. De ahí la dificultad de resumir en una síntesis ordenada la doctrina de todos los profetas, cuyos escritos abarcan un período de más de cuatro siglos. No eran idénticas las preocupaciones inmediatas de Amós en el siglo VIII a.C. a las que tenían Ageo y Zacarías al final del siglo VI o el redactor final de Daniel en el siglo II. A pesar de todo, hay tres puntos en los que todos inciden con más o menos insistencia: monoteísmo, mesianismo, y doctrina moral y social.
a) El monoteísmo es el tema más importante de los oráculos proféticos. No se trata solamente de un monoteísmo ético y cultual (monolatría), sino de la fe en Dios, uno y único: no hay otro Dios que el Señor. El esquema monoteísta de los profetas puede estructurarse del modo siguiente:
— Dios es soberano absoluto de la historia. El Dios de Israel no se muestra en un lugar privilegiado, adonde hay que encaminarse para encontrarlo (no está en un panteón); ni es fundamentalmente «el dios de la naturaleza», cuya fecundidad y ciclos reflejan su presencia. Los profetas, como los sabios85, reconocen al Señor (Yhwh) como soberano de la creación, y, por encima de todo, como señor y guía de la historia. Él otorga la victoria o la derrota, la soberanía o el destierro, y todo lo orienta a conseguir que los suyos «vuelvan a Él»86.
— Dios tiene con Israel una relación particular. En el libro de Amós se habla de Dios como compañero de camino que comunica sus secretos a sus siervos los profetas87, y en el de Oseas (siglo VIII a.C.) se menciona por vez primera la Alianza88. También a este último profeta se debe la imagen esponsal89 y la paterno–filial90, que a través de otros escritos proféticos91 han llegado hasta el Nuevo Testamento92.
— Dios es Santo. A pesar de su íntima relación con el pueblo, no es como ellos, ni puede ser tratado como uno más, ni es «manipulable» ni siquiera con sacrificios. Dios es trascendente, el Altísimo, como lo pondrá de manifiesto especialmente Isaías93. La santidad del pueblo, en consecuencia, estriba en participar de la de su Dios: en ser distinto de las demás naciones en su fe y en sus exigencias morales. Dios es «el Santo de Israel»94, porque sin dejar de ser el Altísimo se ha hecho cercano a los suyos.
— El castigo es interpretado también como parte de la relación de Dios con su pueblo. Si éste no cumple las exigencias de su elección, si se comporta como los demás, Dios no tendrá más remedio que castigarlo95. Sólo entonces lo rehabilitará. Dios visita (es decir, lleva a término la justa retribución) a su pueblo para poner de nuevo orden en sus relaciones con él. Tal es el sentido del día del Señor, según los profetas96.
b) La esperanza mesiánica es la verdadera espina dorsal de los libros proféticos. Los de la época anterior al exilio de Babilonia, lo mismo que los Salmos97, parten de la profecía de Natán98 para expresar su idea de que la salvación viene al pueblo a través de la dinastía davídica mediante un descendiente de David (mesianismo real). Pero no cayeron en la adulación al rey ni asumieron «el estilo de corte», por el que se otorgaban a los reyes títulos divinos y se les auguraban días incontables. Más bien proyectan al futuro la idea mesiánica, quitando importancia al monarca reinante y fomentando la esperanza en la próxima venida del «elegido del Señor». Isaías es, sin duda, quien más referencias hace a la dinastía davídica99 y, sin embargo, nunca menciona al rey por su nombre. Le aplica títulos magníficos e insólitos, pero con ellos ensalza más las acciones prodigiosas del Señor que al personaje receptor de las mismas. También Miqueas alude a la dinastía davídica sin nombrar al rey100. Y Jeremías, que sólo tiene un oráculo sobre el rey futuro, anuncia la venida de un vástago davídico que reinará con la justicia del Señor101. Para todos ellos el rey que esperaban habría de comportarse como verdadero hijo de Dios, no como los reyes que conocían.
Los profetas de los tiempos de la deportación apenas hablan del mesianismo real: Ezequiel llega a quitar el título de rey al príncipe que regirá al Israel restaurado y le considera un nuevo David102. Y en los años inmediatos a la vuelta del destierro se proclama que Dios mismo sin intermediarios traerá la salvación103(mesianismo sin Mesías). O también se denomina Mesías a todo personaje que en nombre de Dios traiga la liberación a Israel, aun cuando sea extranjero, como el rey persa Ciro104. Pero la salvación vendrá, ante todo, a través del pueblo, o de uno nacido en él, un siervo del Señor que asuma obedientemente el castigo de todos105. En este contexto se comprende el alcance de la idea del resto: unos pocos, pertenecientes a Israel, que alcanzarán para sí y para sus compatriotas la liberación plena.
En los últimos profetas, los postexílicos, surge una espiritualización del mesianismo, que cuadra mejor con la doctrina escatológica que enseñan. Se entiende aquí por escatología el convencimiento de que Dios ha de llevar a cabo su obra salvífica de forma definitiva y para siempre a través de Israel, pueblo elegido, que tiene una especial misión en el advenimiento de la salvación. Israel juzga a las naciones y así prefigura el juicio definitivo de Dios (el día del Señor), que alcanzará al pueblo de Israel y a todas las demás naciones. La sublimación de la escatología llevada a cabo por los últimos libros proféticos conducirá a la idea trascendente del Mesías. Según Zacarías, Dios mismo vendrá a reinar sobre toda la tierra106, y el libro de Daniel, con la figura del Hijo del Hombre, da testimonio de la esperanza en que Dios otorgará a un personaje humilde, que representa al pueblo elegido, un reino eterno y universal107.
En el Nuevo Testamento se reconocerá a Jesús como el verdadero Mesías, asumiendo y trascendiendo todas las líneas mesiánicas que desarrollaron los profetas: es descendiente de David, juzga y salva al mundo, es el Hijo del Hombre y asume la figura del Siervo de Isaías, para traer la salvación definitiva y universal a los hombres.
c) Doctrina moral y social. Los profetas, en particular los anteriores al destierro, insistieron en las exigencias sociales de la fe. Como heraldos de la doctrina sobre la elección y la Alianza, exhortaron repetidas veces a cumplir con las obligaciones que de ellas se derivaban. Y puesto que sus contemporáneos estaban abandonando los antiguos ideales, violando los derechos de los más débiles y amoldándose a las costumbres de los gentiles, ellos no dejaron de censurar que «se olvidaban de Dios»108 y se hacían «como los demás pueblos»109.
Con especial crudeza denuncian la opresión de quienes gobiernan, y proclaman la predilección divina por «los pobres del Señor»110. De acuerdo con el pensamiento de todo el Antiguo Testamento, los profetas nunca consideraron la pobreza material como algo deseable ni menos aún, como un ideal. Sin embargo, el pobre es justo porque pone su confianza en Dios dejando la vida en sus manos y en un esperar la consolación de Israel. Con la expresión «pobres del Señor» no es infrecuente referirse a las personas piadosas, justas, temerosas de Dios, humildes de corazón, creyentes que esperan la consolación de Israel y cumplen la voluntad de Dios. De todas formas, el pobre es especialmente querido por Dios, también porque con mucha frecuencia es víctima de la injusticia de los poderosos y adinerados. Esta pobreza, consecuencia de la injusticia, es la que los profetas quieren corregir. Con este fin gritan una y otra vez que justicia y santidad son exigencias ineludibles de la Alianza.
Los preceptos morales que recuerdan los libros proféticos son los mismos que aparecen en la Ley, pero en ellos hay un enorme esfuerzo de interiorización. Los profetas exigen un corazón limpio111 por encima de actos externos y, a partir de Jeremías112 y Ezequiel113, insisten en la responsabilidad personal: cada cual cargará con las consecuencias de sus propios pecados, sin culpar de ellos a los antepasados.
Finalmente, las exigencias cultuales son también parte del mensaje profético. La insistencia en purificar y rectificar el culto refleja la preocupación de los profetas por la adoración y el respeto debidos a Dios. Y la constante denuncia de los ritos meramente externos es expresión de la exigencia de mayor coherencia entre el culto que se tributa a Dios y la vida moral y social de los israelitas. Un pueblo que se aproxima al Señor con los sacrificios y lo confiesa en la liturgia no puede después negarlo con sus costumbres depravadas e injustas.
4. LOS PROFETAS Y LA HISTORIA
Los profetas escritores, desde Amós hasta Malaquías, ejercieron su ministerio durante un largo periodo de tiempo que va desde el siglo VIII a.C. hasta el siglo IV, o hasta el siglo II, si se tiene en cuenta el libro de Daniel. Fueron años trascendentales para Israel, como conocemos por los Libros Históricos de la Biblia114, en los que ocurrieron acontecimientos que influyeron decididamente en la vida del pueblo. En un principio se produjo el predominio del reino del Norte bajo los sucesores de Omrí hasta su desmoronamiento e invasión por parte de los asirios (año 722 a.C.). Luego vino el apogeo del reino de Judá, en tiempos del rey Ezequías, y la reforma religiosa emprendida por Josías (622 a.C.). Pero todo se truncó con la invasión llevada a cabo por Nabucodonosor. El rey y las personas principales del pueblo fueron deportadas a Babilonia (587 a.C.) durante cincuenta años; regresaron tras el edicto de Ciro, pero nunca más gozaron de independencia. Primero estuvieron sometidos a los persas (537-333 a.C.) y luego a los griegos, lágidas y seléucidas (333-70 a.C.). Desde el destierro babilónico, los judíos no volvieron a ser independientes, pero afianzaron las bases de su honda religiosidad.
Los libros proféticos son un fiel reflejo de estos acontecimientos y, sobre todo, de las circunstancias históricas que rodearon a cada profeta. Al ser los profetas hijos de su tiempo y buenos intérpretes de la época que les tocó vivir, dejaron en sus escritos referencias históricas, tanto explícitas como implícitas, muy útiles para datar un oráculo o un libro, o una parte de él.
a) Los profetas, intérpretes de la historia. Los contactos de Israel con los pueblos vecinos quedan a menudo reflejados en los libros proféticos. En este sentido es significativo un género literario, el de los «Oráculos contra las naciones», que se ha conservado en las obras de los grandes profetas115. Pero también son constantes las referencias a los pueblos paganos en otros libros menores, como los oráculos de Nahum sobre Nínive o los de Abdías sobre Edom. El análisis de estas colecciones pone de relieve el enorme interés que tenían los profetas por dejar constancia de la relación de Israel con las naciones paganas.
Pero los profetas no se limitan a dar testimonio de los acontecimientos que protagonizan o que les atañen más o menos directamente, sino que profundizan en su sentido, juzgan a los que intervienen en ellos y muestran hacia dónde apuntan. Su interpretación de la historia se basa en tres ideas fundamentales: el monoteísmo, la elección del pueblo y la universalidad de la salvación anunciada.
Puesto que hay un solo Dios, Él es el autor de la historia y no puede darse ningún suceso que escape a su control. Él es quien dirige los hechos, Él es el que está detrás tanto de los beneficios como de las desgracias. Sin embargo, la fe en el único Dios parece tambalearse o, al menos, recibe los mayores envites en momentos de crisis, cuando se vislumbra o se padece una derrota o una invasión. Es entonces, en circunstancias difíciles para Israel —en las que tiende a buscar apoyo en otros pueblos o en otros dioses—, cuando surge un profeta que le confirma en la verdad: «“No busquéis a Betel, ni vayáis a Guilgal, ni paséis por Berseba; que Guilgal irá cautiva, y Betel será aniquilada”. Buscad al Señor y vivid, no sea que invada como fuego la casa de José y la devore y no haya quien apague Betel»116.
Asiria, Babilonia o Egipto son las potencias opresoras: son naciones malvadas e idólatras y, sin embargo, triunfan en sus proyectos. ¿Cómo explicar en esas circunstancias que el Señor, único Dios, está conduciendo así los destinos de los pueblos? Sería más fácil entender que los dioses, protectores de esas naciones, estaban triunfando sobre el Señor. Sin embargo, la enseñanza profética no admite dudas: Dios mismo es quien alienta a esas naciones; ellas se encargarán de parte de Dios de infligir a Israel el castigo merecido por sus pecados: «Yo suscitaré contra vosotros, casa de Israel —oráculo del Señor, Dios de los ejércitos—, una nación [Asiria] para que os oprima, desde la entrada de Jamat hasta el torrente de la Arabá»117.
En el devenir de las naciones, Dios ha querido escoger con predilección al pueblo de Israel. Pero, al elegirlo, no lo ha arrancado de entre los demás pueblos. Más aún, puesto que la elección no lleva consigo privilegios políticos o seguridades falsas118, el pueblo de Israel ha de ser consciente de que no es el más grande119, ni el más rico120, ni el más poderoso121. La misión de Israel es hacer partícipes a todas las gentes de las bendiciones y beneficios recibidos de Dios: «Irán muchos pueblos y dirán: “Venid, subamos al monte del Señor, al Templo del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus senderos, porque de Sión saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra del Señor”»122. Israel no ha sido elegido en provecho propio, sino en razón de todos los hombres y de todas las naciones. Esta idea aparece con más claridad después del destierro, cuando los israelitas han reflexionado sobre el sentido de su elección. Entonces surge un lenguaje intimista y afectivo para reflejar la relación de Dios con su pueblo: «Tú, Israel, mi siervo, Jacob, a quien elegí, estirpe de Abrahán, mi amigo, tú, a quien tomé de los extremos de la tierra y te llamé de los confines más remotos, a ti te digo: “Tú eres mi siervo; te he elegido y no te he rechazado”. No temas, que Yo estoy contigo, no desmayes, que Yo soy tu Dios»123.
Por otra parte, Israel tiene una solidaridad muy estrecha con las otras naciones. En uno de los oráculos de salvación de Zacarías parece resumirse la proyección de la historia del pueblo sobre las naciones: «Así como fuisteis una maldición entre las naciones, casa de Judá y casa de Israel, así os salvaré y seréis una bendición. (…) En esos días, cada diez hombres de todas las lenguas de las naciones agarrarán a un judío por una punta del manto diciéndole: “Queremos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros”»124.
b) La Apocalíptica. Cuando parece que han enmudecido las voces proféticas surge un nuevo modo de manifestarse la palabra de Dios. En plena crisis macabea, después de muchos años sin que hubieran surgido profetas en Israel, fue redactado el libro de Daniel que, si bien enlaza con los profetas anteriores a los que cita expresamente125 o a los que imita en lo concerniente a visiones celestes126, presenta un mensaje y una forma literaria parecidos a los que se encuentran en otras obras judías de la época, e incluso anteriores, que no han pasado a formar parte de la Biblia. Se trata de la llamada literatura apocalíptica en la que, entre otros rasgos, destacan el de contemplar la historia universal como un todo dividido en periodos sucesivos, y el de anunciar su final próximo con el establecimiento de un mundo nuevo del que participarán, mediante la resurrección, incluso los que ya han muerto. Así, el libro de Daniel basa su estructura en la historia, presentando un cambio importante en su interpretación con respecto a los profetas que le habían precedido, pues no se limita a asomarse a los avatares de las naciones cuya política afecta a Israel en un momento determinado, sino que presenta la panorámica de la historia universal, dividida en etapas y juzgada desde la perspectiva de su desenlace final: la instauración del reinado de Dios. En las narraciones de los caps. 2 y 7 se presentan los períodos más importantes de la historia, desde Nabucodonosor hasta Antíoco IV Epífanes, introduciendo un elemento novedoso y desconocido hasta ese momento en el Antiguo Testamento: el advenimiento del reino de Dios. La visión de la estatua del cap. 2 describe con maestría la sucesión de los reinos: primero el imperio babilónico (oro), después el medo (plata), y a continuación el persa (bronce); a ellos siguen Alejandro y el imperio griego, que a causa de su división entre lágidas y seléucidas, y por tanto por su debilidad, es presentado como hierro mezclado con arcilla. El momento final o escatológico está representado en la piedra caída de la montaña: «El Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido»…, sino que «permanecerá por siempre»127. En el cap. 7, en el que se inician las visiones de Daniel, el autor vuelve a presentar bajo la figura de diversas fieras salvajes la sucesión de los imperios, desde el babilónico hasta el seléucida. Todo terminará y culminará con la llegada de aquella figura del «hijo de hombre», que representa al «pueblo de los santos del Altísimo», al que se le da «un reino eterno, al que todos los soberanos temerán y se someterán»128.
La profecía de Daniel, por tanto, se desarrolla sobre el esquema histórico, estilizado al máximo, de tres etapas: la historia pasada desde Nabucodonosor a Antíoco, la historia presente, más desarrollada, de la persecución bajo Antíoco, y la historia final y definitiva, resumida en la muerte del perseguidor y en la instauración del Reino de Dios129. Tanto la historia pasada como la presente son narradas en función del advenimiento del Reino, al que se orienta todo.
En suma, si la historia es el marco en el que nace y se desarrolla la antigua profecía, la interpretación de la historia terminará siendo el ropaje literario que adoptan los apocalípticos. Los profetas más antiguos van despertando la esperanza de sus oyentes entre oráculos de condena y de salvación, proclamados al hilo de los avatares históricos que les corresponde vivir. La apocalíptica conseguirá el mismo objetivo, anunciando la catástrofe cósmica del final, a la que seguirá la salvación paradisíaca para «los inscritos en el libro», de la que participarán los gentiles.
La atención del mensaje profético y apocalíptico a la historia abre el horizonte hacia un momento que representará su cumplimiento: el Nuevo Testamento con respecto a todo el Antiguo. La llegada del Mesías marcará el inicio de ese cumplimiento, última etapa de la historia.
5. LOS PROFETAS A LA LUZ DEL NUEVO TESTAMENTO
Aparte de los Salmos, de todos los libros del Antiguo Testamento, los proféticos son los que están más presentes en el Nuevo, bien a través de citas explícitas o de alusiones fácilmente detectables o bien, como ocurre en ocasiones, a través de referencias difíciles de precisar.
Los libros proféticos, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica, contienen un mensaje de esperanza y anuncian la salvación definitiva del género humano: «Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres (…). Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades (cfr Ez 36), una salvación que incluirá a todas las naciones (cfr Is 49,5-6; 53,11)»130. El Nuevo Testamento refleja que la esperanza anunciada y la salvación prevista se han cumplido en Jesús, en su Persona, en sus acciones y en sus palabras, como abiertamente escribe San Mateo: «Todo esto sucedió para que se cumplieran las Escrituras de los Profetas»131. Los Evangelios y las Cartas de los Apóstoles acuden a los profetas y subrayan el cumplimiento de sus oráculos por tres caminos: mostrando que se referían al momento presente, señalando que los acontecimientos han sucedido como estaba previsto por ellos, y confirmando la fe en Jesús con palabras proféticas.
a) El sentido cristiano de los oráculos. En tiempos de Jesús, como han puesto de relieve los comentarios bíblicos o pesarim hallados en Qumrán, se leían los libros proféticos a la luz de los sucesos que estaban aconteciendo en ese momento. Así lo hace, por ejemplo, el comentario del libro de Habacuc132, para justificar la invasión y opresión de los romanos (los Kittim del texto de Habacuc). Del mismo modo, el Nuevo Testamento aclara el sentido profundo de algunos textos, aplicándolos a la figura de Jesucristo: en la sinagoga de Nazaret Jesús, después de leer Is 61,1-2, proclama abiertamente: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír»133. El libro de los Hechos cuenta que el eunuco de la reina Candace pregunta el sentido del cuarto canto del Siervo134 y Felipe, «comenzando por este pasaje, le anunció el Evangelio de Jesús»135.
b) El cumplimento de las profecías. Los autores del Nuevo Testamento no intentaron mostrar una comprobación milimétrica de lo que habían anunciado los textos proféticos, como si se tratara de augurios o vaticinios mágicos. Entendieron más bien que Jesús es la culminación de la historia salvífica y que en Él se habían cumplido las promesas antiguas y se había alcanzado la plenitud de la salvación que los profetas sólo habían podido vislumbrar.
Los relatos de la pasión y de la infancia fueron quizá lo primero y lo último que respectivamente se pusieron por escrito: la pasión–muerte–resurrección porque fundamenta la fe de los cristianos; el nacimiento y la vida de infancia porque explica que Jesús es el Hijo de Dios. En unas y otras narraciones son numerosas las citas proféticas con la fórmula del cumplimiento: «Para que se cumplieran las Escrituras».
Así se justifica, en lo que se refiere a la pasión y muerte, la entrada de Jesús en Jerusalén sobre un borrico136, el abandono de los discípulos en el huerto de los olivos137, la compra del campo del Alfarero con las treinta monedas de la traición138, el reparto de las vestiduras de Jesús139, la lanzada en el costado140 y, en bloque, todo el proceso ignominioso de la pasión141. Además es frecuente narrar los acontecimientos más enigmáticos con palabras tomadas de los profetas: por ejemplo, la causa de la condena, es decir, la confesión de que Jesús es el Hijo del Hombre142, la constatación de ser contado entre los malhechores143, el lamento de las hijas de Jerusalén144 y otros muchos detalles cuya significación se acrecienta a la luz del Antiguo Testamento. En definitiva, como recordaba el propio Jesús a los discípulos de Emaús, los sufrimientos de la pasión eran necesarios para que el Mesías fuera glorificado, tal como estaba anunciado en los escritos proféticos145.
En los relatos de la infancia de Jesús narrados por Mateo y Lucas también abundan las citas de los profetas. Quizá la más importante sea la del Enmanuel146, que confirma la concepción virginal y la Persona de Jesucristo, definido como «Dios–con–nosotros»147. De ordinario, San Mateo utiliza las citas explícitas para justificar, entre otros sucesos, la ciudad de Belén como cuna del Mesías148, la huida y vuelta de Egipto149, la matanza de los inocentes150, el retorno a Nazaret151. San Lucas, en cambio, prefiere citas implícitas y alusiones genéricas: en el anuncio a Zacarías152, en el Magníficat153 y el Benedictus154, en el canto de los ángeles155, en el himno de Simeón156.
La narración de la vida pública también contiene citas y referencias a los profetas, cumpliéndose lo que decía el propio Jesús: «Examinad las Escrituras (…): ellas dan testimonio de mí»157. Y así, por ejemplo, un texto de Jeremías da a Jesús el motivo para expulsar del Templo a los mercaderes158, otro de Isaías para hablar enigmáticamente en parábolas159 o para denunciar la hipocresía de los fariseos160.
c) La confirmación de la fe. Los primeros cristianos participaban del viejo principio hermenéutico que afirmaba categóricamente: «Lo que no está en la Torah (en la Biblia) no está en el mundo»161. Sentían la necesidad de apoyar su fe en Cristo muerto y resucitado con textos bíblicos, en especial de los profetas. En el sencillo credo de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, probablemente el símbolo de fe más antiguo, se repite el mismo estribillo: «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras…» 162. Las Escrituras confirmaban la resurrección de Jesús, según lo anunciado por los profetas, entre ellos Oseas e Isaías163. A veces este modo de leer los escritos proféticos nos podrá parecer poco «científico», pero pone de relieve el grado de autoridad que para los primeros cristianos —como para los judíos— tenían las Escrituras, y muestra hasta qué punto las primitivas comunidades tenían el convencimiento de que el anuncio profético de la salvación última y definitiva había llegado a su plenitud y cumplimiento en Cristo Jesús, el Mesías y Salvador del universo.
Los Santos Padres han continuado este modo de leer la Biblia y han acudido a los profetas para desarrollar la teología acerca de Cristo y de la Iglesia. Sirva como ejemplo San Ireneo de Lyón, que vivió a mediados del siglo II d.C. Él hace una sutil distinción entre promesa y profecía. La promesa se cierra en el contenido de las palabras, entendidas en su sentido obvio; la profecía traspasa el límite del significado de los términos y, por referirse a Cristo y a la Iglesia, alcanza su plenitud cuando se hace realidad. Con la llegada de Cristo se supera y se lleva a su plenitud lo anunciado: «Si preguntáis: “¿Qué de nuevo trajo el Señor viniendo?”, sabed que trajo toda novedad haciéndose presente Él mismo tal como había sido anunciado. En efecto, esto mismo era anunciado: que vendría la novedad a renovar y vivificar al hombre. Así pues, la llegada de un rey es anunciada de antemano por estos siervos que son enviados con ostentación y para la preparación de los que iban a acoger a su Señor. Pero cuando llega el rey a aquellos súbditos, se llenan con el gozo anunciado de antemano y reciben la libertad que viene de Él y participan de su visión y oyen sus sermones y gozan de sus dones, y ya no se preguntan qué de nuevo trajo el Rey: se trajo a Sí mismo y donó a los hombres estos dones que habían sido anunciados antes, los cuales los ángeles deseaban contemplar»164.
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1 Cfr Introducción a los Libros Poéticos y Sapienciales. 2 Jos 14,6; 1 R 17,18; 2 R 4,7. 3 Os 9,7. 4 2 R 9,7. 5 Hb 1,1. 6 Cfr Mt 2,23; Lc 18,31; Rm 1,2. 7 Credo de Nicea-Constantinopla. 8 Gn 20,7. 9 Ex 15,20. 10 Nm 11,25-29. 11 Jc 4,4. 12 Dt 18,15-18. 13 Dt 34,10. 14 Cfr Quodlib. 12,1.17, a.26. 15 Cfr 1 S 3,19-21. 16 1 S 3,20. 17 Sal 99,6; Hch 13,20. 18 2 Cro 35,18. 19 Si 46,16-23. 20 Hch 3,24. 21 1 S 10,5- 6.10-13. 22 1 S 19,18-24. 23 Cfr Nm 23,7-10.18-24; 24,3-9.15-25. 24 1 S 22,5; 2 S 24,11-14.18-19. 25 2 S 7; 12,1-15. 26 1 R 11,29-39. 27 1 R 16,1-2. 28 1 R 22,8-28. 29 2 R 2,4-5. 30 2 R 4,38. 31 1 R 13,11-24. 32 1 R 17-19; 2 R 1- 2. 33 2 R 1-13. 34 Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 11. 35 Hb 1,1. 36 Lc 4,24; 13,33; cfr 7,16.39; 9,8-19. 37 Conc. Vaticano II, Lumen Gentium, n. 35,1. 38 Lc 2,36. 39 Cfr Mt 11,9-11. 40 Hch 11,27-28; 21,10-11. 41 Hch 13,2. 42 Hch 21,9. 43 1 Co 11,4-5. 44 1 Co 14,1. 45 Cfr 1 Co 14,2-5. 46 Cfr 1 Jn 4,1-3. 47 Conc. Vaticano II, Lumen Gentium, n. 12. 48 Cfr Is 30,8. 49 Jr 36. 50 Am 1,3-2,8. 51 Jr 12,1-6; 15,15-21; 20,7-18. 52 Is 6-12. 53 Am 2,6-16. 54 Am 2,4-5. 55 Am 7,16-17. 56 Cfr Am 4,1-3; 3,9-12. 57 Cfr Os 2,4-10. 58 Is 5,1-2. 59 Is 44,23. 60 Jr 29. 61 Am 5,21-24; Is 8,11-15. 62 Is 6,1-13; Jr 1,4-10. 63 Jr 1,11-14. 64 Za 1,7-17. 65 Cfr 1 R 18,25.34-35. 66 Cfr Jr 27,2-22. 67 Os 1-3. 68 Is 7,3; 8,3. 69 Is 7,14. 70 Jr 13,1-11. 71 Jr 19. 72 Jr 27; 28,10. 73 Jr 32. 74 Jr 43,8-13. 75 Jr 51,59-64. 76 Ez 3,24-27; cfr 4,1-3. 77 Ez 4,1- 17. 78 Ez 5,1-3. 79 Ez 12,1-16. 80 Ez 12,17-20. 81 Ez 24,15-27. 82 Ez 37,15-28. 83 Hch 21,11. 84 Cfr Rm 10,14-18. 85 Cfr Sal 29; 96; etc. 86 Cfr Am 4,4-12. 87 Am 3,3-8. 88 Cfr Os 2,20; 6,7; 8,2. 89 Os 1-3. 90 Os 11-1-4. 91 Cfr Jr 2,2. 92 Cfr Mt 9,15; Ap 21,2. 93 Cfr Is 6,3. 94 Is 5,19-24. 95 Cfr Am 3,2. 96 Cfr Am 5,18-19; So 1,7-18. 97 Sal 2; 89. 98 2 S 7,14. 99 Cfr Is 7,13-17; 9,5-6; 11,1-5. 100 Mi 5,1-5. 101 Jr 23,5-6. 102 Ez 34,23-24. 103 Is 41,14. 104 Is 45,1. 105 Is 42,1; cfr 53,4-12. 106 Cfr Za 13,9. 107 Dn 7,13- 14.27. 108 Cfr Os 2,15; Jr 2,32. 109 Cfr Os 9,1. 110 Cfr So 3,12-13. 111 Cfr Is 2,16-17; Ez 11,19; 36,26. 112 Cfr Jr 31,29-30. 113 Ez 18,1-4. 114 Cfr Introducción a los Libros Históricos. 115 Am 1-2; Is 13-23; So 2,4-15; Ez 25-32; etc. 116 Am 5,5-6. 117 Am 6,14. 118 Cfr Am 9,7. 119 Cfr Am 7,2.5. 120 Cfr Am 6,2. 121 Cfr Am 2,9. 122 Is 2,3 y Mi 4,2. 123 Is 41,8-9. 124 Za 8,13.23. 125 Cfr Dn 9,2. 126 Cfr Ez 1,3-4; Dn 8,2-3; etc. 127 Dn 2,44. 128 Dn 7,27. 129 Dn 7,17-23; 11,8-36; 11,40-12,3. 130 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 64. 131 Mt 26,56. 132 1QpHab. 133 Lc 4,21. 134 Is 53,7-8. 135 Hch 8,35. 136 Jn 12,14-15. 137 Mt 26,30-31. 138 Mt 27,7-10. 139 Jn 19,24. 140 Jn 19,36-37. 141 Cfr Hch 3,18-24. 142 Mt 26,64. 143 Lc 22,37. 144 Lc 23,26-30. 145 Lc 24,25-26. 146 Is 7,14. 147 Cfr Mt 1,22-23 y Lc 1,30-31. 148 Mt 2,5. 149 Mt 2,15. 150 Mt 2,17. 151 Mt 2,23. 152 Lc 1,17. 153 Lc 1,47. 154 Lc 1,76.79. 155 Lc 2,14. 156 Lc 2,30-31. 157 Jn 5,39. 158 Mt 21,13. 159 Mt 13,14. 160 Mt 15,8. 161 Cfr Misná, Abbot 5,22. 162 1 Co 15,3-4. 163 1 Co 15,54-55. 164 Adversus haereses 4,34,1.