3. ENSEÑANZA

Es claro que la enseñanza primera de los cuatro evangelios es sobre Jesucristo y sobre su obra. Las acciones y las palabras de Jesús, y de las diversas personas que se acercan a Él, acaban por revelar quién es verdaderamente y el alcance para la salvación de los hombres de cuanto hace y dice. De los Apóstoles, enviados por Cristo, nos llega ese caudal de doctrina. Pero cada evangelista ha subrayado unos aspectos particulares. Si hubiera que condensar en breves trazos la enseñanza del Evangelio de San Mateo, podría hacerse en torno a dos nociones: la Persona de Jesucristo y la Iglesia fundada por Él.

Jesucristo

Jesús, tal como aparece narrado por San Mateo, se caracteriza sobre todo por su majestad, algo así como lo que intuitivamente percibimos en un mosaico bizantino o en un Pantocrátor de nuestras iglesias medievales. Hombre verdadero y, al mismo tiempo, verdadero Dios y Señor de todo lo creado. Estas características se expresan muy bien con los títulos que se aplican a Jesús a lo largo del evangelio.

Jesús es, antes que nada, el Hijo de Dios. Desde la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo, hasta la fórmula trinitaria del Bautismo al final, San Mateo afirma e insiste en que Jesús, el Cristo, es el Hijo de Dios24. Son numerosos los pasajes que mencionan las relaciones entre el Padre y el Hijo: Jesús es el Hijo del Padre, el Padre es Dios y el Hijo es igual que el Padre. Ahora bien, los hombres sólo podemos conocer esta filiación divina por el don sobrenatural de la fe25. A la luz de esta verdad esencial, todos los demás títulos mesiánicos, con los que el Antiguo Testamento preanunció a Jesús, adquieren su más profundo sentido: Hijo de David, Rey, Hijo del Hombre, Mesías, Señor.

Otra manera de afirmar la divinidad de Jesús es con la denominación Enmanuel, «Dios con nosotros». Es el título que tiene el Niño desde su concepción26; y una paráfrasis de ese nombre es la que utiliza Jesús para afirmar su presencia en medio de su Iglesia: «Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»27. También al final del evangelio, en el envío de sus discípulos, el Señor utiliza una glosa de ese nombre para afirmar su presencia en medio de la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Así como Dios estaba con Israel en el desierto y con los guías de su pueblo —Moisés, Josué, etc.—, así estará Jesús con la Iglesia: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»28.

Pero Jesús no sólo es el Hijo de Dios, es también el Hijo del Hombre. Jesús se denomina así a lo largo del evangelio, aunque, sobre todo, muestra con sus obras que su caminar terreno fue el del Siervo del Señor humilde, profetizado por Isaías, que con sus palabras y sus milagros29 cumple el designio salvador de Dios sobre los hombres. Una de las características del Siervo del Señor es el rechazo por parte de sus congéneres. San Mateo contiene enseñanzas y hechos que iluminan, en su profundidad y dramatismo, el misterio de la reprobación de Jesús, el Mesías prometido, por parte de los dirigentes judíos, que arrastraron tras de sí a buena parte del pueblo. El evangelista va exponiendo de diversas maneras ese misterio: unas veces, al relatar los episodios de la repulsa de escribas, fariseos y príncipes de los sacerdotes hacia Jesús; otras, al narrar los sufrimientos de su Pasión, donde hace ver cómo esos acontecimientos de su vida no son una frustración del plan divino, sino que estaban previstos y anunciados por los Profetas, y son su cumplimiento30. Por eso advierte el Señor que la promesa de Dios se dará a otro pueblo que dé sus frutos31. Ese nuevo Pueblo es la Iglesia.

La Iglesia

A San Mateo se le ha llamado el evangelio eclesiástico. Una razón es que fue el más usado en la Iglesia antigua, y otra, más profunda, que en él aparece constantemente la Iglesia como realidad. Ya el mismo nombre de Iglesia se encuentra tres veces en este evangelio32. Además, la Iglesia, sin ser nombrada expresamente así, se percibe en el trasfondo de la narración: es insinuada de diversas formas en buen número de parábolas; anunciada su fundación y explícitamente expresada en la promesa del Primado a Pedro; incipiente de algún modo en el discurso del cap. 18; vista en figura en algunos episodios, como el de la tempestad calmada; sugerida como el nuevo y verdadero Israel en la parábola de los viñadores homicidas; fundamentada su misión de instrumento universal de salvación en el mandato misional del final del evangelio. En resumen, la Iglesia está palpitando a lo largo del texto evangélico, y siempre presente en la mente y en el corazón del evangelista.

En estrecha relación con la eclesiología está la noción de Reino de Dios, o Reino de los Cielos, que instauró y predicó Jesús. San Mateo habla 51 veces del Reino; San Marcos 14, y San Lucas 39. Pero mientras estos dos últimos usan la fórmula «el Reino de Dios», Mateo, excepto en cinco ocasiones, utiliza «el Reino de los Cielos». Era éste un modo de decir habitual, para no pronunciar por respeto el nombre de Dios. El Reino de Dios se instaura con la llegada de Jesús, y Él mismo explica, especialmente en las parábolas, las características de ese Reino. Estos aspectos son resaltados por el primer evangelio, llamado también por ello el evangelio del Reino.

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1 Cfr Historia ecclesiastica 5,10,3. 2 «Los evangelios que, antes de ser escritos, fueron la expresión de una enseñanza oral transmitida a las comunidades cristianas, tienen más o menos una estructura catequética. ¿No ha sido llamado el relato de San Mateo evangelio del catequista, y el de San Marcos, evangelio del catecúmeno?» (S. Juan Pablo II, Catechesi tradendae, n. 11). 3 Eusebio de Cesarea, Historia ecclesiastica 3,39,16. 4 Cfr Mt 16,13-20. 5 Mt 4,17; 16,21; 26,16. 6 Cfr Mt 9,9. 7 Cfr Mt 10,1-4; cfr Mc 3,13-19; Lc 6,12-16; Hch 1,13. 8 Cfr Lc 5,27; Mc 2,14. 9 Cfr Mt 5,23; 12,5; 23,5. 10 Cfr Mt 5,18-19. 11 Cfr Mt 28,19. 12 Cfr Mt 5,13-14. 13 Cfr Mt 10,17-21; Mt 23,34. 14 «Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 9,13); «Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes» (Mt 12,7). 15 Así, la respuesta de Jesús a las súplicas es muchas veces «que se haga según tu fe». Cfr, por ejemplo, Mt 8,5-13 frente a Lc 7,1-10; o Mt 9,18-26 frente a Mc 5,21-43. 16 Mt 28,18-20. 17 Cfr Mt 6,1-18; 23,1-12; 18,1-35; etc. 18 Cfr Mt 5,1-7,29; 10,1-42; 13,1-52; 18,1-35; 24,1-25,46. 19 Cfr Mt 7,28; 11,1; 13,53; 19,1; 26,1. 20 Cfr Mt 23,13-36; 12,25-45. 21 Cfr Mt 1,22-23; 2,5.15.17- 18.23; 3,3-4; 4,14-16; 8,17; 12,17-21; 13,14.35; 21,4-5; 26,56; 27,9-10. 22 Cfr Mt 5,18-19. 23 Mt 5,17. 24 Cfr Mt 1,20; 28,19. 25 Cfr Mt 11,25-27; 16,16-17. 26 Cfr Mt 1,23 27 Mt 18,20. 28 Mt 28,20; cfr Ex 40,34-38. 29 Cfr Mt 8,16-17; 12,15-21. 30 Cfr Mt 12,17; 13,35; 26,54.56; 27,9; etc. 31 Cfr Mt 21,43. 32 Cfr Mt 16,18 y 18,17 (dos veces).