INTRODUCCIÓN

CARTAS CATÓLICAS

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Después de los escritos atribuidos a San Pablo el Nuevo Testamento presenta un grupo de siete cartas, llamadas normalmente Cartas Católicas: la de Santiago, las dos de San Pedro, las tres de San Juan y la de San Judas. Son del mismo género literario que los escritos de San Pablo, es decir, cartas con las que se instruye a los destinatarios sobre la obra salvadora de Jesucristo. Se caracterizan en su conjunto por su brevedad y por tener un carácter universal, en cuanto que no van dirigidas a comunidades ni a personas concretas —excepto 3 Juan—. Por eso reciben el nombre de «católicas». Estas cartas no siempre ocuparon el mismo lugar ni el mismo orden en el canon: los grandes códices antiguos, excepto el Sinaítico, las colocan después del libro de los Hechos de los Apóstoles y éste es el orden que sigue el canon de la Iglesia Oriental. Su disposición actual muestra que la enseñanza de Pablo viene completada y corroborada por la de los otros Apóstoles. Además, la breve carta de Judas, que contiene algunas cuestiones relacionadas con la apocalíptica judía, da paso de forma natural al Apocalipsis de San Juan.

Ya a finales del siglo IV d.C., estas siete cartas que no pertenecían al corpus paulino formaban un grupo bajo el nombre común de Cartas Católicas1. No está claro por qué se llamaron así. Clemente de Alejandría (siglo II-III) llamó «epístola católica» a la carta del Concilio de Jerusalén2, por haber sido escrita por todos los Apóstoles3. Orígenes designaba «católica» a 1 Pedro4. Dionisio de Alejandría (†264) distinguía con este calificativo a 1 Juan de las otras dos (2-3 Juan), ya que no iba dirigida a un destinatario concreto, sino más bien a todos, siendo por tanto «universal» (= católica)5. Así pues, la palabra «católica» aplicada a una carta parecía entenderse unas veces como «dirigida a todas las iglesias», y otras como «aceptada por todas las iglesias», es decir, canónica. Es posible que el término indicara al principio el carácter de encíclica que tenía una carta y por extensión se aplicara después a las otras que estaban dirigidas a individuos (como 3 Juan)6, manteniendo al mismo tiempo la connotación de escrito autoritativo.

Cinco de las siete cartas —Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas— tardaron en ser reconocidas unánimemente como canónicas. Por eso, a veces se denominan «deuterocanónicas». Eusebio, en su famoso canon, recoge estas cinco epístolas entre los escritos discutidos (antilegómena), reconociendo que la mayoría las admiten como libros inspirados7. En Occidente la unanimidad es total a partir del siglo IV, como lo confirman el concilio provincial de Hipona (año 393) y los concilios III y IV de Cartago (años 397 y 419). A partir de esta época, en la Iglesia de Oriente también fueron disminuyendo las dudas y, desde el siglo VII, se puede afirmar que toda la Iglesia admite que son libros inspirados. En el siglo XVI, los protestantes volvieron a suscitar viejas dudas sobre la canonicidad de algunas de ellas. Por este motivo, en el Concilio de Trento, la Iglesia definió solemnemente lo que la Tradición atestigua: que han de recibirse «como sagrados y canónicos todos los libros íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado a leer en la Iglesia Católica»8.

Cada carta tiene un contenido y una finalidad diversa y apenas pueden encontrarse partes comunes. San Agustín dice que se proponen refutar los errores que comenzaban a surgir9. Ciertamente, todas ellas son muestra de la enseñanza y la catequesis que se impartía en las primeras comunidades cristianas. Normalmente insisten, con tono pastoral, en instrucciones doctrinales y en enseñanzas morales orientadas a una vida profundamente cristiana.

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1 Cfr S. Jerónimo, De viris illustribus 2,4. 2 Hch 15,23-29. 3 Clemente de Alejandría, Stromata 4,15. 4 Cfr Eusebio, Historia ecclesiastica 6,25,8. 5 Cfr Eusebio, Historia ecclesiastica 7,25.7. 6 Cfr S. Isidoro de Sevilla, Etymologiae 6,24. 7 Cfr Eusebio de Cesarea, Historia ecclesiastica 3,25,3. 8 Concilio de Trento, De libris sacris. 9 Cfr De fide et operibus 14,21.