COMENTARIO
«Yo enviaré un ángel delante de ti» (v. 20). El nombre de ángel, como enseña San Agustín, indica su oficio, no su naturaleza. «Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel» (Enarrationes in Psalmos 103,1,15). La expresión «ángel del Señor» equivale a la presencia de Dios mismo o su intervención directa (cfr 3,2; 14,19 y también Gn 16,7; 22,11.14). En cambio, cuando la Escritura habla de «ángel» o «mi ángel» (cfr Ex 33,2; Nm 20,16) parece referirse más bien a los seres espirituales atentos a las órdenes del Señor y fieles ejecutores de su palabra (cfr Sal 103,20). La función que se les asigna es la de proteger al pueblo en nombre del Señor hasta llegar a la tierra prometida, lo mismo que habían protegido a Lot (cfr Gn 19) o a Agar y a su hijo (cfr Gn 21,17). La Iglesia, basada en esta enseñanza bíblica, mantiene que los ángeles siguen prestando la misma ayuda misteriosa y poderosa a los hombres: «Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida» (S. Basilio, Adversus Eunomium 3,1; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 334-336).
En contraste con el envío del ángel, Dios manda contra los enemigos de Israel dos fuerzas maléficas: el terror (v. 27) y la peste de avispas (v. 28). Como es habitual en la Biblia, no se pretende decir que Dios es perverso, sino más bien que, siendo Dios el único Ser Supremo, a Él se le atribuyen los beneficios y las desgracias. Más aún, por el juego de contrastes tan frecuente en la literatura semita, las desgracias de los enemigos son el modo de expresar la predilección y los beneficios propios.