COMENTARIO
Estos capítulos recogen las normas detalladas y minuciosas sobre la construcción del Arca y del Tabernáculo, cuya ejecución será narrada al final del libro, después de que el Señor haya restablecido el orden que los israelitas quebrantaron con la adoración del becerro de oro (caps. 35-40). La «tradición sacerdotal», a quien se atribuye la composición de ambas secciones, ha unido elementos antiquísimos del culto en el desierto con otros más recientes en una norma que orientaría la construcción del templo de Zorobabel (cfr Ez 40-48).
En efecto, es históricamente probable que las caravanas israelitas del desierto montaran una tienda especialmente dedicada al culto —el Tabernáculo— en el que depositarían el Arca, objeto portátil especialmente venerado en el que guardaban los tres símbolos de la liberación de Egipto: el báculo de Moisés, la urna con el maná (cfr Ex 16,33) y las tablas de la Ley. Los detalles sobre medidas, materiales a emplear, y el modo concreto de combinarlos, reflejan construcciones posteriores, como el templo de Silo y, sobre todo, el templo de Salomón en Jerusalén.
El autor sagrado deja entrever en esta descripción diversos temas doctrinales: en primer lugar, la legitimación del culto en el Templo, puesto que su construcción y su normativa se remontan al propio Moisés; por otra parte, la existencia misma de un Templo y su significado: el Tabernáculo del desierto, y más tarde el Templo, son un signo sensible de la presencia de Dios en medio del pueblo; por eso, el culto será siempre la manifestación del reconocimiento de la presencia activa de Dios entre los hombres. Finalmente, la construcción del Tabernáculo evoca en muchos momentos el relato de la creación (Gn 1,1-2,4): hay un orden directamente buscado, pues Dios mismo ordena cómo hay que «hacer» los elementos del santuario y los objetos de culto; y, al final, Moisés termina toda su obra (Ex 40,33; cfr Gn 2,2) y bendice aquel día a los artífices (Ex 39,43; cfr Gn 2,3). De esta forma se enseña que el templo y el culto reflejan un mundo nuevo.
La liturgia cristiana fomenta con mayor razón la dignidad de los elementos que utiliza porque celebra la novedad del misterio de Cristo y prefigura la liturgia celestial: «En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra Vida, y nosotros nos manifestemos con Él en la gloria» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 8).