COMENTARIO

 Ex 25,1-9 

La construcción del Santuario y del Arca se hará con los materiales que voluntariamente aportarán los hijos de Israel. El término hebreo terumah, que hemos traducido por ofrenda (v. 2), tiene carácter de tributo, en cuanto que cada cual tendría obligación de aportarlo en conciencia; pero tiene fundamentalmente un sentido religioso, como parte de un sacrificio (cfr Lv 7,14; Nm 15,19-21).

La dignidad del culto exige que se utilicen únicamente metales preciosos o elementos muy apreciados; algunos términos resultan hoy desconocidos, como «pieles selectas» (v. 5), literalmente «pieles de marsopa» o de tejón, o de un animal hoy desaparecido, quizá una especie de delfín que se criaba en el Mar Rojo. También la Iglesia se ha esmerado en el valor artístico de los lugares y elementos del culto. «La santa madre Iglesia fue siempre amiga de las bellas artes, buscó constantemente su noble servicio y apoyó a los artistas, principalmente para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran en verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 122).

El Santuario o Tabernáculo (vv. 8-9) son dos términos sinónimos que indican la tienda sagrada, es decir, la que se utilizaba para guardar el Arca, y en la que Dios se hacía presente a los hebreos. La nomenclatura refleja a la vez la trascendencia divina y su proximidad a los suyos: Dios habita en el Cielo, pero se comunica con su pueblo en la sekinah (morada). San Esteban recuerda el verdadero sentido del Santuario citando palabras de Isaías (66,1-2) para señalar que «el Altísimo no habita en casas construidas por manos de hombres» (Hch 7,48; cfr Hb 8,2; Ap 15,5).

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