COMENTARIO

 Ex 26,31-37 

El Sancta sanctorum y el Sanctum eran las dos partes en que se dividía el recinto formado por los tablones. El primero, una habitación cuadrada de cuatro por cuatro metros, era el lugar más sagrado; en él se conservaba el Arca y era considerado como la morada del Señor. Allí sólo podía entrar el Sumo Sacerdote una vez al año para el rito de la expiación (cfr Lv 16); la carta a los Hebreos presenta a Cristo como único sacerdote, que alcanza la redención universal, de una vez para siempre, con su sacrificio en la Cruz y con su entrada gloriosa en el Cielo (cfr Hb 9,1-14). Tal modo de aislar el recinto sacratísimo reflejaba la trascendencia de Dios. Este velo (v. 31) se mantuvo en el Templo de Salomón (cfr 1 R 6,15-16) y en el de Herodes; fue el que se partió en dos en el momento de expirar Jesucristo, como señal de que comenzaba una nueva era de salvación (cfr Mt 27,51), en la que todos los hombres tienen acceso directo a Dios.

En el recinto del «Santo» (hekal) se hallaban la mesa de los panes y, enfrente, el candelabro de los siete brazos. Tampoco aquí podían entrar los simples fieles, como lo indicaba el velo de la entrada. Pero era mucho más importante el velo ricamente bordado que aislaba el recinto del «Santo de los Santos» (debir).

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