COMENTARIO

 Ex 29,10-37 

Los sacrificios de consagración son tres: uno expiatorio (vv. 10-14), según el ritual recogido en Lv 4,1-12; el segundo como holocausto (vv. 14-18), en alabanza y acción de gracias a Dios (cfr Lv 1); el último es un sacrificio de consagración (vv. 19-37), que tiene carácter de ofrenda, al que se le unen los panes ácimos (v. 32); además de sus peculiares detalles, es un sacrificio de comunión (vv. 31-37).

La importancia de la consagración del Sumo Sacerdote queda reflejada en la celebración de los tres sacrificios más solemnes. En el Antiguo Testamento los sacrificios son los actos específicos de culto, porque en ellos se expresa sensiblemente la unión con Dios, la soberanía del Señor sobre la creación y su misericordia al perdonar los pecados. La unión con Dios se hace patente sobre todo en los sacrificios de comunión, que son probablemente los más antiguos, en los cuales Dios acepta la víctima y recibe una parte en el altar, mientras que los oferentes comen el resto en un banquete sagrado. La soberanía de Dios queda reflejada más claramente en el holocausto, en el que Dios acepta la víctima completa en señal de donación del oferente, que reconoce el dominio supremo del Señor: «Todo proviene de ti y lo que te hemos dado es de tu misma mano» (1 Cro 29,14). Los sacrificios expiatorios expresan la fe en la misericordia divina: en ellos el rito con la sangre es imprescindible, en cuanto que refleja la purificación que Dios lleva a cabo. Ahora bien, los sacrificios nunca fueron ritos mágicos que alcanzasen su objetivo al margen de la actitud de los oferentes. De ahí la condena constante de los profetas contra quienes pretendían justificar su conducta depravada, multiplicando los sacrificios rituales (cfr Os 2,3-15; Am 4,4-5, etc.).

Estos tres sacrificios son, como la Pascua, figura del único y verdadero sacrificio de Jesucristo en la Cruz, que es a la vez expiación, holocausto y comunión.

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