COMENTARIO
Las prescripciones sobre la consagración de los sacerdotes y del altar terminan con esta enseñanza teológica, propia de la «tradición sacerdotal»: los prodigios del éxodo tienen como finalidad hacer presente a Dios entre su pueblo; pero también el Templo y el culto, que son memorial de aquel acontecimiento, han de ser expresión de que Dios está entre los suyos y es accesible a ellos. La liturgia cristiana hace realidad lo que entonces era figura y símbolo: «Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz” (Conc. de Trento, sess. XIII), sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7).