COMENTARIO
El primero de los sacrificios que se mencionan es el holocausto, palabra griega que significa «quemado por entero». La característica principal de este sacrificio consistía en que la víctima se quemaba por completo, reconociéndose así la soberanía y el dominio absoluto del Señor. Era desconocido entre los asirios–babilonios, así como entre los egipcios anteriores a los hiksos (siglos XVIII-XVI a.C.). En Israel, en cambio, parece que se ofreció desde muy antiguo y ocupó un lugar preeminente, sobre todo en el tiempo de los Jueces (cfr Jc 6,19-21; 13,19-20). Se solía ofrecer como acción de gracias, después de que Dios se manifestara. Era, por tanto, una especie de plegaria expresando la gratitud hacia el Señor por un favor recibido, que el ángel del Señor hacía subir hacia el cielo, junto con las llamas y el humo del sacrificio. Con esa subida del fuego se trataba de expresar la unión con el Dios altísimo, que el hombre intentaba alcanzar al quemar la víctima. Por otra parte, mediante la destrucción total de la ofrenda se reconocía el dominio absoluto de Dios.
Una vez que el pueblo de Israel se asentó en la tierra prometida, cada día, mañana y tarde, se ofrecía un holocausto en el Templo (cfr Ex 29,38-42; Nm 28,3-8); también se ofrecía en ciertas festividades (cfr Lv 12,6-8; 16,3; etc.).
En 22,23-24 se recoge una lista de defectos que incapacitaban a los animales para ser ofrecidos. Nosotros hemos traducido el término original hebreo tamim por «sin defecto». Otras versiones antiguas tradujeron por «perfecto» (Aquila), o por «íntegro» (Símaco). La exigencia de que el animal ofrecido carezca de cualquier defecto, por pequeño que fuera, recuerda que la ofrenda a Dios ha de ser de lo mejor que cada hombre posee. Es decir, nada de cuanto se ofrece al Señor puede ser voluntariamente defectuoso.