COMENTARIO
Después de los ritos de holocausto, realizados mediante el sacrificio de ciertos animales, se enumeran ahora los ritos de oblación (minjah, que etimológicamente significa «don», «tributo»), en los que se ofrecían productos provenientes del cultivo de la tierra. La oblación es un sacrificio de tipo agrícola, que supone por tanto una época de asentamiento y no meramente nómada. Se trata de una ofrenda de determinados productos del campo, de los cuales sólo se quema una parte de la harina ofrecida y amasada con aceite. Son considerados sacrificios muy antiguos, como parece deducirse de algunos ofrecidos por Caín (cfr Gn 4,3), Melquisedec (cfr Gn 14,18) y Moisés (cfr Ex 29,40; Nm 15,1-12).
Se especifica que dichos sacrificios tenían que ser de flor de harina, la mejor que se podía conseguir del trigo, reiterando la señal de que a Dios hay que ofrecer el producto de mejor calidad. De hecho, en otras ocasiones, la oblación de la flor de harina se hace a determinadas personas de alta posición social (cfr Gn 18,6). Junto con la harina y el aceite, se quemaba incienso, con lo que se contribuía a dar un claro sentido litúrgico a la oblación.
Puesto que el incienso es como la alabanza que sube olorosamente hasta el Cielo, es posible que la acción de quemarlo significara, por una parte, que el oferente se muestra sumiso y suplicante y, por otra, que Dios acepta gustoso la ofrenda.