COMENTARIO
La sal es uno de los elementos principales de ciertos sacrificios (cfr Esd 6,9). Por una parte servía para hacer más sabrosos los alimentos ofrecidos en sacrificios y que después eran comidos en el banquete ritual. Pero sobre todo se usaba por su propiedad de mantenerlos incorruptos, sirviendo también por ello para simbolizar la inviolabilidad y permanencia de la alianza (cfr 2 Cro 13,5). «Comer la sal con alguien» significaba hacer un pacto, llamado en ocasiones «alianza de la sal», que establecía una amistad imperecedera (cfr Nm 18,19). Así, la Alianza entre Dios e Israel, pactada en el Sinaí, no era sólo un acontecimiento del pasado, sino una realidad presente y actuante en cada generación. La sal de los sacrificios simbolizaba la perpetuidad de la Alianza y constituía el recuerdo de tal compromiso irrevocable.
En el Nuevo Testamento, la sal es imagen de la sabiduría y pureza moral. El Evangelio de Marcos habla de la sal de los sacrificios, al mismo tiempo que se refiere a ella como elemento purificador (cfr Mc 9,49-50). En el Sermón de la Montaña Jesús dice a sus discípulos que son la sal de la tierra, es decir, los que dan sabor divino a todo lo humano y los que preservan al mundo de la corrupción. También San Pablo recurre al símbolo de la sal cuando a los cristianos de Colosas les recomienda que su conversación debe estar «sazonada con sal, de forma que sepáis —les dice— responder a cada uno como conviene» (Col 4,6). Por último, cabe recordar el rito de la sal en el Bautismo, hoy meramente opcional (entre los israelitas al recién nacido se le frotaba con sal; cfr Ez 16,4), mediante el cual se hace saborear al neófito un poco de sal, al tiempo que se le dice: «Recibe la sal de la sabiduría».