COMENTARIO

 Lv 4,13-21 

El pecado cometido por el pueblo también debía ser expiado. Los ancianos, por su dignidad (cfr Ex 18,13-26), eran los que, como representantes del pueblo, imponían las manos sobre la víctima ofrecida. El término original hebreo (kipper), que hemos traducido por «perdonar», designaba primitivamente una súplica por la acción de cubrir o borrar una cosa. En realidad el perdón de los pecados de que se habla en el Antiguo Testamento no era propiamente sino una súplica por tal perdón, ya que sólo cuando Cristo muere en la Cruz se realiza la Redención de los pecados. «Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” (Is 53,11; cfr Hch 3,14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cfr Is 53,11-12; Jn 8,34-36)». Con estas palabras expone el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 601, la expiación de los pecados, realizada con la muerte del Señor. Más adelante, aclara que «Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado. Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, “Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rm 8,32) para que fuéramos “reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rm 5,10)» (ibidem, n. 603).

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