COMENTARIO
Se determina que el fuego del holocausto ha de ser continuo, incluida la noche. En alguna ocasión fue el mismo Dios el que milagrosamente encendió el fuego del holocausto (cfr 9,24; 2 Cro 7,1; 2 M 1,19ss.). La permanencia de ese fuego correspondía al deseo de dar culto al Señor de forma ininterrumpida.
Es de notar el cuidado que se prescribe para el ejercicio de las funciones litúrgicas, cuyo decoro y dignidad exige de los sacerdotes unas vestiduras nobles, adecuadas a la índole sagrada de la función que ejercen. También la Iglesia ha insistido siempre en la dignidad de los ornamentos sacros, necesarios para la celebración litúrgica. Así, en la Instrucción General del Misal Romano se recuerda cómo la «diversidad de ministerios se manifiesta en el desarrollo del sagrado culto por la diversidad de las vestiduras sagradas, que, por consiguiente, deben constituir un distintivo propio del oficio que desempeña cada ministro. Por otro lado, estas vestiduras deben contribuir al decoro de la misma acción sagrada» (n. 297). San Josemaría Escrivá, considerando la dignidad del culto en la Antigua Ley y la reverencia exigida a los sacerdotes para ejercer su función de ofrecer los sacrificios del pueblo de Israel, comentaba: «Leed la Sagrada Escritura, el Antiguo Testamento, y comprobaréis cómo Dios Nuestro Señor describe punto por punto la ornamentación del tabernáculo, la elaboración de los utensilios sagrados, y el modo de vestir de los sacerdotes, especialmente del Sumo Sacerdote. ¡Hasta la ropa interior! Todo tenía que ser de oro u otros metales preciosos, y de telas finas, cuidadosamente trabajadas. (…) El sacerdocio de la antigua Ley no era más que una sombra del verdadero sacerdocio instituido por Cristo. Y, sin embargo, dice el Espíritu Santo: nolite tangere Christos meos! No maltratéis a mis Cristos, no profanéis las cosas santas. ¡Es la voz del Señor que se defiende! Porque su sacerdocio transforma a quien lo recibe en otro Cristo: alter Christus, ipse Christus, y convierte en sagrado todo lo que se utiliza en la renovación del Santo Sacrificio de la Misa» (Apuntes, p. 348).