COMENTARIO

 Lv 6,7-11 

Se repite lo dicho en el cap. 2 respecto a la oblación de flor de harina. Si alguno que no fuese sacerdote tocaba esta oblación, quedaba santificado o consagrado, debiendo purificarse para poder hacer una vida ordinaria cuyas actividades no se podían ejercer si uno estaba santificado. Como es lógico se trataba de una santidad ritual y no moral. De todas formas, se advierte aquí un contraste con aquellos que quedan santificados, consagrados por el Bautismo instaurado por Cristo. Para ellos no es un obstáculo la actividad de cada día. Al contrario, la consagración o santificación que otorga Jesucristo, no sólo no es incompatible con la vida ordinaria, sino que es precisamente en esa vida cotidiana donde el cristiano ha de esforzarse por conseguir dicha santidad. Así el Concilio Vaticano II exhorta a todos a que se sirvan «también del trabajo para llegar a una mayor santidad, incluso apostólica» (Lumen gentium, n. 41). Con otras palabras, San Josemaría Escrivá enseñaba que hay que santificarse con el trabajo, santificar ese trabajo, y con él santificar a los demás: «No cabe olvidar que el trabajo digno, noble y honesto, en lo humano, puede —¡y debe!— elevarse al orden sobrenatural, pasando a ser un quehacer divino» (Forja, n. 687).

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