COMENTARIO
Parece ser que esta oblación del Sumo Sacerdote, y no sólo el sacrificio cotidiano del holocausto que se regula en Ex 29,38-42, tenía que repetirse cada día (cfr Nm 28,5; Si 45,14).
Se insiste en la santidad de la ofrenda, hasta el punto de exigir que se purifique en lugar sagrado la vestidura que se hubiera manchado con la sangre del sacrificio; incluso la vasija en que se cocía debía ser purificada.