COMENTARIO

 Rt 1,6-22 

Noemí no engaña a sus nueras para que la acompañen. Al contrario, les expone con toda claridad la situación en la que se van a encontrar si lo hacen. En sus explicaciones (vv. 11-13) se sobreentiende que está pensando en la ley del levirato, en virtud de la cual si uno muere sin dejar descendencia, el hermano del difunto tomará a la viuda como mujer, y el primer hijo de ese matrimonio será considerado jurídicamente hijo del que murió (cfr Dt 25,5-10). De esa manera, si Noemí llegara a tener otro hijo, éste sería un nuevo cuñado de Rut y Orpá y quien, por la misma ley del levirato, podría tomarlas por esposas. Pero, aun teniendo en cuenta esa ley, no valía la pena que se quedasen con ella, ya que no tenía más hijos ni edad para tenerlos.

Orpá tomó una decisión que se comprende bien y es razonable. Se despidió de Noemí con gran pena y regresó a su casa. Tal vez por eso impresiona más la decisión asumida por Rut de abandonar su tierra y la casa de su familia para regresar con su suegra a la tierra, para ella extraña, de su difunto esposo. La firmeza de sus palabras constituyen un hermoso canto de fidelidad al Dios que ha descubierto en la familia de su marido: «Adonde vayas iré y donde pases las noches, las pasaré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios» (v. 16). Rut no pertenecía a Israel por nacimiento. El texto insiste repetidas veces en que era moabita (1,4.22; 2,2.6.21; 4,5.10), extranjera (2,10). Pero cuando conoce al pueblo de Dios se incorpora a él por propia decisión. Ratifica además su voluntad con un juramento imprecatorio (v. 17). La costumbre era manifestar en voz alta las maldiciones de que uno se hacía merecedor si no cumplía lo prometido. No obstante, en el texto sagrado es frecuente sustituir esas palabras, que habitualmente son fuertes, por una fórmula genérica: «Que el Señor me haga esto y aquello me añada» (cfr 1 S 3,17; 2 S 3,9, etc.).

La tradición cristiana ha visto en Rut a la Iglesia de los gentiles, de todos los hombres y mujeres de pueblos muy diversos que al conocer al Señor por el testimonio de otros se incorporan al Pueblo de Dios que acoge a todos los que creen en Él: «En ella encontramos —comenta San Ambrosio— una figura de la incorporación a la Iglesia de todos nosotros, que hemos sido recogidos de todos los pueblos» (Expositio Evangelii secundum Lucam 3,30).

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