COMENTARIO

 Rt 2,1-17 

El Señor retribuyó abundantemente la generosidad de Rut. Estas páginas hablan de la providencia de Dios, que con gran discreción, con aparente naturalidad, sin realizar acciones prodigiosas, fue disponiendo los medios para que no faltara a Noemí y Rut lo necesario para sustentarse. «La solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: “Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza” (Sal 115,3); y de Cristo se dice: “si Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir” (Ap 3,7); “hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza” (Pr 19,21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 303).

En la Ley estaba previsto que después de segar un terreno no se volviese a recoger lo que se les hubiera caído u olvidado a los segadores, de modo que los necesitados pudieran alimentarse de las espigas que quedasen en el suelo (cfr Lv 19,9-10 y Dt 24,19). Rut, acogiéndose a esta medida humanitaria, sale tras los segadores para buscar algo de alimento y entra en el campo de Booz. Éste, al visitar a sus hombres, reparó en la muchacha y la trató con benevolencia al saber quién era.

Ese favor fue una muestra de la protección que le dispensó «el Señor, Dios de Israel, bajo cuyas alas buscaste refugio» (2,12), como le diría Booz. La idea de acudir al Señor para encontrar cobijo bajo sus alas es un modo de hablar frecuente en la Biblia (cfr Dt 32,10-11; Sal 17,8; 36,8; 61,5; 63,8 y 91,4) que expresa con gran fuerza poética la ternura con que Dios se hace cargo del cuidado de los que se acogen a Él. Nuestro Señor Jesucristo la utilizará también para manifestar el afecto que había mostrado hacia la Ciudad Santa sin ser correspondido: «Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste» (Mt 23,37).

Volver a Rt 2,1-17