COMENTARIO
Se introduce aquí, rompiendo el hilo del relato que se reanuda en el v. 33, una lista de los grupos que participaron en esa tarea, especificando la zona en la que trabajó cada uno. Entre los constructores figuran sacerdotes y levitas; nobles y príncipes; representantes de diversos gremios, como los orfebres, los perfumistas o los mercaderes; los jefes de los distritos de la provincia, y gentes venidas de otras ciudades como Jericó, Tecoa, Gabaón o Mispá. Todos ellos colaboraron en la obra común desempeñando cada uno su labor en el lugar asignado. Así pues, para que el proyecto del Señor en favor de su pueblo se desarrollara con éxito, fue necesario el esfuerzo coordinado de muchos; pero, sobre todo, fue determinante el auxilio de Dios que escuchó sus plegarias (v. 36) y bendijo su esfuerzo.
También hoy, en la construcción de la Iglesia y de un mundo mejor no faltarán dificultades procedentes de personas que se sienten ofendidas por el esfuerzo y el entusiasmo de quienes toman en serio esa tarea. Así «los enemigos de la Iglesia se enfadan cuando ven que los elegidos se ponen a trabajar en la restauración de los muros de la Iglesia, es decir, por la fe católica o por la reforma de las costumbres» (S. Beda, In Esdram et Nehemiam 3,16). Sin embargo, así como las burlas de sus oponentes no lograron disuadir a los que trabajaban en la reconstrucción de Jerusalén, de la misma manera, por grandes que sean los sufrimientos que haya que afrontar para superar los obstáculos, no puede faltar la certeza de que el Señor sigue apoyando el trabajo que su Iglesia realiza.