COMENTARIO

 Ne 5,1-19 

El segundo problema con el que se encontró Nehemías fue la situación social de los judíos. Existía descontento entre la población judía más pobre debido a que habían tenido que entregar sus campos a sus compatriotas más pudientes a cambio de préstamos para pagar el impuesto al rey. Ahora se encontraban sin campos y sin recursos, por lo que tenían que someter a sus hijos e hijas a servidumbre como si fueran esclavos. El peso de las deudas contraídas con sus compatriotas era realmente insoportable (vv. 1-5). Nehemías, con la autoridad que ya había adquirido entre sus compatriotas, y proponiéndose él mismo como ejemplo de solidaridad (vv. 14-16) emprende una reforma social de enorme importancia y trascendencia.

En primer lugar establece la condonación de las deudas y la vuelta de los campos enajenados a sus propietarios originales, al modo como se establece en Dt 15,1-18 para el año sabático. Propone, además, que cada siete años se proceda a hacer lo mismo con los intereses de los préstamos efectuados (cfr 10,32). Nehemías encontró ciertas resistencias a tales medidas, sobre todo de parte de los hacendados o notables y de los funcionarios (cfr v. 7), aunque sin duda comprendían que a la larga aquella situación era insostenible. Por otra parte, ellos con sus fortunas ayudaban a sostener el culto del Templo, y por eso gozaban del apoyo de los sacerdotes. A estos últimos precisamente responsabiliza Nehemías de que se apliquen aquellas medidas, urgiéndoles mediante un gesto parecido a los que hacían los profetas (vv. 12-13; cfr Jr 18,1-12). En contraposición y para compensar a los sacerdotes de las pérdidas que pudieran suponer para ellos y para el culto esas disposiciones drásticas, Nehemías establece otra forma de sostener el culto y el personal del Templo, que queda recogida en 10,33-40. Las nuevas medidas incluyen un impuesto general de dinero para el Templo, turnos para aportar leña para los sacrificios, ofrenda de las primicias para los sacerdotes y el diezmo de todo para los levitas, si bien bajo la supervisión de los sacerdotes.

Con esas reformas Nehemías sienta los fundamentos para la estructuración socioeconómica del judaísmo durante el periodo siguiente, hasta la destrucción del Templo. De manera semejante, la reconstrucción de la ciudad —las murallas y antes el Templo— constituye la base para hacer de ésta el centro espiritual de todos los judíos. Posteriormente se desarrollaron leyes más precisas —aunque también más idealizadas— sobre el año sabático y jubilar (cfr Lv 25,1-55), y el centro de atención espiritual será ocupado por la Ley y sus prescripciones dictadas por Esdras (cfr Ne 8,1-18).

Al presentar los problemas sociales como un obstáculo para el avance de las obras —problemas que muy probablemente no se produjeron como consecuencia de las tareas de reconstrucción sino que vendrían de antes— el texto sagrado resalta la necesidad de no descuidar la justicia social ni la solidaridad con los más desfavorecidos con la excusa de sacar adelante una gran empresa común, como en ese caso era la reconstrucción de las defensas de Jerusalén. En primer término estaba la dignidad de los judíos como miembros de un pueblo al que Dios había dado la libertad. El problema sigue siendo actual, y plantea un reto de coherencia entre la distribución de los bienes materiales y el reconocimiento de la dignidad humana, a la luz de la fe. «El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. Los que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Éstos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios no han de insistir egoístamente en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás. (…) La solidaridad nos ayuda a ver al “otro” —persona, pueblo o nación—, no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un “semejante” nuestro, una “ayuda” (cfr Gn 2,18,20), para hacerlo partícipe como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios» (S. Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 39).

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