COMENTARIO
Paralelo al progreso de las construcciones, se intensifica el empeño de los que se oponían a que llegasen a buen término. Insisten en llamar a Nehemías para que acuda a reunirse con ellos, tal vez con el propósito de matarlo (vv. 1-4). Restaurar la muralla equivalía a hacer de Jerusalén una ciudad fuerte, símbolo de la restauración del pueblo judío, con un gobernador propio, Nehemías, y con capacidad de cerrarla a los de fuera. De ahí la oposición de los habitantes de Samaría y de los pueblos vecinos, pero también de algunos judíos que quizá veían peligrar así sus negocios. Los gobernadores de esos pueblos amenazan a Nehemías con acusarlo ante el monarca persa de estar preparando una sublevación para proclamarse rey de Judá (vv. 5-8). También intentan asustarlo diciéndole que se está preparando un plan para darle muerte, y así ver si actúa con cobardía y se esconde, con lo que quedaría desprestigiado ante sus conciudadanos (vv. 10-13). Sin embargo, nada consigue apartarle de su camino, y por fin tiene el gozo de contemplar terminada su tarea, a comienzos de octubre del 445 a.C. (v. 15).
Aunque los constructores pusieron todos los medios humanos necesarios para llevar a cabo la reconstrucción, no se les ahorró ningún esfuerzo ni en la edificación ni en la defensa de las obras. Reconocen con sencillez que el mérito no es suyo, ya que la obra fue realizada «con el auxilio de nuestro Dios» (v. 16).