COMENTARIO
Después de escuchar la proclamación de la Ley y transcurridos los días de alegría de la fiesta de las Tiendas (cfr 8,1-18), el pueblo confiesa sus pecados y reconoce la benevolencia con que Dios les ha tratado una y otra vez. Se ha cambiado el orden de las fiestas que aparecen en Lv 23,26-32 retrasando el día de la Expiación a una fecha posterior a la lectura de la Ley, probablemente para resaltar que aquella lectura avivó en el pueblo la conciencia de su pecado (v. 3).
La oración que aquí se recoge, de estilo semejante a los salmos 78,105 y 106, se inicia reconociendo las bendiciones recibidas de Dios a lo largo de la historia de la salvación, comenzando por la creación del mundo, la elección de Abrahán y la promesa de que su descendencia recibiría la tierra que ahora habitaban (vv. 5-8). Después se centra en la liberación de los hijos de Abrahán de la esclavitud de Egipto y cómo el Señor los cuidó en el desierto hasta que tomaron posesión de la tierra prometida (vv. 9-23). A continuación recuerda que, a pesar de las advertencias de los profetas, los israelitas fueron rebeldes una y otra vez, por lo que, aunque estaban viviendo en la tierra que el Señor había dado a sus padres, no la tenían en propiedad sino que estaban sometidos a la servidumbre de reyes extranjeros (vv. 24-37).
La costumbre de comenzar la oración reconociendo los beneficios del Señor tiene una gran tradición en la Sagrada Escritura tal como lo atestigua el texto que estamos comentando. Así lo hicieron también los primeros cristianos. Por ejemplo, cuando se reúnen en Jerusalén para orar por la libertad de Pedro, prisionero en la cárcel, se dirigen a Dios con las mismas palabras que aquí se emplean: «Señor, Tú eres el que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos» (Hch 4,24; cfr v. 6).
La confesión de los pecados refleja los sentimientos de la gente del pueblo que había permanecido en Judá desde que sus antepasados llegaron a esa tierra, y no los de los que habían regresado allí después de haber sufrido el destierro. A diferencia de estos últimos, no miran con simpatía a los soberanos persas (cfr vv. 36-37) y no hacen ninguna alusión al exilio ni a la posterior restauración.
Este doble movimiento de la oración, agradecimiento a Dios por sus dones y petición de perdón por nuestros pecados, está siempre presente en la oración de los santos y ha de estarlo en la de todo cristiano.