COMENTARIO
Por fin llegó el momento largamente esperado por los deportados que habían regresado a restaurar la ciudad de Jerusalén. Concluidas las obras y repoblada la ciudad y sus alrededores, tuvo lugar la dedicación solemne de las murallas. Para ello, se organizaron dos cortejos que fueron rodeando la ciudad con cánticos hasta encontrarse en el Templo, donde se culminó la celebración con la ofrenda de grandes sacrificios. Desde el principio del pasaje (v. 27) hasta el final (v. 43) se subraya el gran gozo de todos por haber concluido la obra emprendida.
San Beda interpreta estos festejos del pueblo que toma posesión solemne de la ciudad como una alegoría de la entrada triunfal de la Iglesia en la gloria una vez realizada su misión en la tierra: «Se hace la dedicación una vez terminada la Ciudad Santa. De igual modo, cuando al fin de los tiempos se haya completado el número de los elegidos, toda la Iglesia será introducida en los cielos para contemplar a su Fundador» (In Esdram et Nehemiam 3,33).
Aquellos hombres que, dirigidos por Nehemías, reconstruyeron la ciudad de Jerusalén tuvieron que superar numerosos obstáculos hasta vivir el gozo de ese momento; pero como fruto de su tenacidad y confianza en Dios, lograron ver recompensados sus esfuerzos al servicio del Señor y de sus conciudadanos. La profunda alegría de ese momento, fruto de la satisfacción del deber cumplido, es una perenne invitación a culminar las tareas que se afrontan. «Comenzar es de todos; perseverar, de santos. Que tu perseverancia no sea consecuencia ciega del primer impulso, obra de la inercia: que sea una perseverancia reflexiva» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 983).