COMENTARIO
Ahora es el mismo Tobit quien comienza a narrar su vida poniendo el acento en que él cumplió a la perfección en todo momento la ley de Dios, a pesar de que sus compatriotas, los israelitas del reino del Norte, no lo hacían ni cuando estaban en la patria ni en el destierro. En efecto, en la patria antes del destierro, Tobit había seguido subiendo a adorar a Dios en Jerusalén, según mandaba la Ley (cfr Dt 12,1-18), y no había adorado a los becerros de oro construidos por Jeroboam (cfr 1 R 12,26-32); también había cumplido al detalle las normas sobre los tres diezmos (cfr Nm 18,12ss.; Dt 14,22-23.28-29); y se había mantenido fiel a la ley de tomar esposa de su misma nación (cfr Dt 7,3). Después, en el destierro fuera de la patria, había permanecido puro sin contaminarse con los alimentos de los gentiles (cfr Lv 11,1-47; Dt 14,3-21); y, en vez de llevar los diezmos al Templo —algo imposible—, hacía limosnas a los pobres y se ejercitaba heroicamente en las obras de misericordia, especialmente en enterrar a los muertos. En realidad los signos de piedad que aquí se mencionan no corresponden a la época en que el autor supone que vivió Tobit, sino que se establecieron a partir de la reforma de Josías en el año 622 a.C. y a la vuelta del destierro. Pero sirven al autor sagrado para presentar a Tobit como ejemplo de judío piadoso tanto en la tierra de Israel como en la diáspora. Como judío, Tobit ejerce la misericordia sólo con los de su raza. En esto contrasta la enseñanza del libro de Tobías con la del Evangelio, que amplía el concepto de prójimo a cualquier persona, no importa su nación, raza o religión (cfr Lc 10,29-37).