COMENTARIO

 Tb 2,1-14 

La fiesta de las Semanas o Pentecostés, llamada así por celebrarse cincuenta días después de la Pascua (cfr Dt 16,9-12; Lv 23,16), era una de las fiestas de peregrinación a Jerusalén; en el destierro parece que se conmemoraba con una comida especial hecha como un rito en recuerdo de la fiesta. Preocupándose de los necesitados Tobías cumple en el destierro lo que mandaba la Ley para esa fiesta: ser solidarios con el forastero, el huérfano y la viuda (cfr Dt 16,14), si bien lo aplica al judío que se mantuviese fiel a su religión. A pesar de su piedad y su pureza ritual (v. 5; cfr Nm 19,11-12), Tobías es hecho partícipe del sufrimiento que el pueblo soportaba por su pecado (v. 6; cfr Am 8,10). Pero las cosas van aún más allá: al practicar la misericordia le sobreviene la desgracia, primero la ceguera y, junto a ella, la penuria hasta el punto de que su mujer ha de dedicarse a un trabajo remunerado para poder sobrevivir. Después, la incomprensión de su esposa, que pone en tela de juicio la retribución divina por su conducta. A la ceguera física, soportable por la ayuda de sus parientes, se une la oscuridad interior provocada por las palabras de su esposa.

La situación vivida por Tobit se repite entre quienes se esfuerzan por ser fieles. Ya escribía San Pablo en 2 Co 4,8-10: «En todo atribulados, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados, llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo».

El v. 10 en la versión latina de la Vulgata incluye una reflexión sobre el sentido de las desgracias sufridas por Tobit: «El Señor permitió que le llegara esta prueba para que quedara a quienes vienen detrás un ejemplo de su paciencia como la del santo Job. Puesto que desde su infancia había tenido temor de Dios y había guardado sus mandatos, no se irritó contra Dios cuando le vino la desgracia de la ceguera, sino que permaneció firme en el temor de Dios, dando gracias a Dios todos los días de su vida. Y así como al santo Job le insultaban reyes, así familiares y parientes de Tobit se reían de su forma de vida diciéndole: “¿Dónde está tu esperanza por la que dabas limosnas y enterrabas a los muertos?” Pero Tobit les replicaba: “No habléis así, porque somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios dará a los que no retiran de Él su confianza”» (Tb, Vulgata, 2,12-18).

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