COMENTARIO
De nuevo comienza a hablar el narrador de la historia (cfr 1,1-2). Ahora presenta a otra familia judía en el destierro que también sufre tribulación. Son dos historias puestas en paralelismo. Pero, al señalar que las cosas suceden «el mismo día», queda constancia de que ambas convergen ante Dios.
La buena condición moral de Sara queda reflejada en la obediencia a su padre y en la preocupación que siente por él (v. 10). El nombre del demonio «Asmodeo» recuerda el de Aeshma Deva uno de los siete espíritus malignos en los que creían los persas; pero también puede provenir de una palabra hebrea —smd— que significa «destruir, aniquilar». Asmodeo es el demonio que aniquila a los maridos de Sara.
El texto no dice que el demonio estuviese enamorado de Sara, como se ha interpretado a veces; más bien parece que lo que intenta es tentarla llevándola a la desesperación, como sucedía en el caso de Job. De hecho Sara está al borde de cometer un gran pecado, el suicidio; pero la retiene el amor a su padre. La versión Vulgata latina quiere evitar presentar a Sara con el pensamiento del suicidio, y en vez de ello dice que «subió al patio de arriba de su casa y se pasó tres días con sus noches sin comer ni beber, pidiendo incesantemente entre lágrimas que Dios la librase de aquella humillación».
En la Biblia rara vez aparece el suicidio (cfr 2 S 17,23) y no se emite juicio moral sobre él; pero del quinto mandamiento (cfr Ex 20,13; Dt 5,17) se deduce su reprobación moral. En efecto, «el suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2281).