COMENTARIO
En casa de Tobit se da un fuerte contraste entre la actitud llena de esperanza de éste, que supone las dificultades que podía haber encontrado su hijo para retrasarse, y la postura desesperada de Ana, que se empeña en pensar que su hijo ha muerto. Aunque es Tobit quien está ciego físicamente, ahora es Ana la que se vuelve ciega en su alma por perder la confianza en Dios. En la tradición ascética cristiana ha quedado señalada esta paradoja: quien confía en el Señor siempre ve con claridad aunque las contrariedades externas parezcan ofuscarle: «Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. Él es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis» (S. Juan Mediocre de Nápoles, Sermones 18).