COMENTARIO
La forma actual del cántico, como se ve a partir del v. 9, no responde al contexto histórico en el que el autor había situado su historia, es decir, a la deportación de los israelitas a Asiria en el s. VIII a.C. El himno supone la destrucción de Jerusalén y la cautividad de los judíos en Babilonia que sucedió el s. VI a.C. Está compuesto para ser recitado por los judíos de la diáspora en cualquier circunstancia. Quizá a este uso se debe la fuerte discrepancia del texto entre unos y otros de los antiguos códices. En el Sinaítico, que parece reflejar el texto más antiguo conocido, faltan los versículos 8-10. Los que aparecen en la traducción están tomados de la versión latina de la Neovulgata que, a su vez, los recoge de versiones latinas anteriores a la Vulgata hecha por San Jerónimo en el s. IV d.C. En otros códices griegos, como el Vaticano y el Alejandrino, de los s. IV y V d.C., esos versículos cambian notablemente dando cabida a locuciones de Tobit en primera persona. En ellos leemos: «8Yo le proclamo en la tierra de mi cautividad / y muestro su poder y majestad / a gente pecadora. / Convertíos, pecadores, / y practicad la justicia en su presencia. / ¿Quién podrá saber si os volverá a querer / y a tener misericordia con vosotros? / 9Yo ensalzo a mi Dios / y mi alma al rey del cielo, / y me alegro por su inmensa grandeza. / 10Todos le alaban, lo proclaman en Jerusalén. / ¡Jerusalén, ciudad santa!, /que será castigada por las acciones de sus hijos, / pero otra vez se apiadará de los hijos de los justos. / 11De nuevo construirá en ti con alegría tu tabernáculo».
En los versículos 11-18 del canto de Tobit que aparece en el texto resuenan frases tomadas de los Salmos y del libro de Isaías, presentando la alegría de los deportados al volver a la Tierra (cfr Is 66,1-24), la peregrinación de todas las naciones a Jerusalén (cfr Is 2,1-5; 60,1), la dicha de los que hayan llorado por ella (cfr Is 66,10), y su reconstrucción (cfr Is 49,17; 61,4). Como en estos pasajes citados, también en el cántico de Tobit late la esperanza de la reunificación del pueblo judío en torno a una Jerusalén maravillosamente reconstruida (vv. 17-18). Esperanza que continúa hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo y que en el Nuevo Testamento se proyecta a la Iglesia, la nueva Jerusalén que aparecerá gloriosa al fin de los tiempos (cfr Ap 21,2-22,15).