COMENTARIO

 Jdt 2,1-3,10 

Nabucodonosor, decidido a vengarse, encarga a Holofernes que, como comandante supremo de sus fuerzas, prepare todo lo necesario para la expedición de castigo. «El año decimoctavo» de Nabucodonosor es el 587 a.C., precisamente aquel en que Jerusalén fue conquistada por las tropas babilónicas, su Templo profanado e incendiado, y parte de su población deportada (cfr Jr 52,29). La fecha está cargada de simbolismo: el que había destruido el Templo, Nabucodonosor, reclama para sí un poder divino.

Holofernes reúne una ingente tropa e inicia su campaña sembrando la destrucción y la muerte. La orden de que les preparen «tierra y agua» (2,7), fórmula persa para designar todo lo necesario para que el ejército vencedor pueda pasar y establecerse en un país, indica la voluntad de Nabucodonosor de que los pueblos le quedasen sometidos. Ultrajó a todos, incluso a los que no le opusieron resistencia. Pero la mayor afrenta consistió en forzar a las poblaciones conquistadas a que adorasen a Nabucodonosor y lo invocaran como a un dios (cfr Dn 3,1-7). Por eso, el peligro que se cernía sobre Jerusalén era particularmente insidioso, ya que no se trataba solamente de que sus habitantes pudieran morir o quedar sometidos a un poder extranjero, sino que podrían verse forzados a la idolatría, tributando a un hombre el culto que sólo debían a Dios (3,8). Esta situación que describe el libro se vivió en Judea de modo particularmente intenso durante la dominación seléucida, en la cual, además de la opresión militar, se intentaba imponer la divinización del monarca.

El itinerario que se describe en 2,21-3,10 es geográficamente inverosímil. El autor magnifica las hazañas de Holofernes para preparar la enseñanza religiosa que quiere trasmitir.

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