COMENTARIO
El relato sitúa a Holofernes con su ejército frente a los israelitas, dispuestos a repeler la invasión de su ciudad. Los hijos de Israel son un pueblo tan insignificante a los ojos del general extranjero que éste parece no saber nada de ellos y, antes de atacar, pide información para disponer su estrategia. Ajior, el comandante de los amonitas, toma entonces la palabra para responderle.
Ajior, cuyo nombre significa «mi hermano es luz», le hace un resumen de las grandes etapas de la historia de Israel desde la época patriarcal hasta la ocupación de Canaán, aludiendo también a la conquista y saqueo de Jerusalén por obra de Nabucodonosor II. Explica que la singularidad de ese pueblo no se puede comprender con criterios exclusivamente políticos o sociológicos, y que su pervivencia no depende de la fuerza de las armas. El discurso se divide en tres partes: historia del pueblo judío (5,5-16), fidelidad a Dios como explicación de su fortaleza (5,17-19) y consejos a Holofernes para que pondere si le interesa enfrentarse con ellos o no (5,20-21). En este resumen no hay nombres concretos y a Dios no se le da el nombre específico de Señor, sino el más genérico y universal de «Dios del cielo» (cfr Esd 5,11-12). Se trata de una visión teológica de la historia, análoga a la que encontramos en algunos Salmos (cfr Sal 78; 105; 106; cfr también Ne 9,6-37), que se pone en evidencia en la conclusión (5,17-18.21), pero que puede ser comprendida también por los paganos. La figura de Ajior, un extranjero que proclama tan atinadamente la acción de Dios con el pueblo israelita en medio del campamento enemigo, evoca de algún modo la figura del pagano Balaam (cfr Nm 22,1-24,25), que bendijo a Israel en presencia de quienes le habían llamado para que lo maldijera. Con sus palabras se pone de manifiesto que Dios es el refugio de Israel y éste no debe temer nada mientras se mantenga fiel al Señor.
Holofernes toma la palabra frente a Ajior y exalta el poder divino de Nabucodonosor con expresiones típicas del lenguaje profético (cfr Is 44,6; 45,21; Sal 18,32). Así se acentúan por contraste las consecuencias religiosas de la expedición, en la que el deseo de venganza de Nabucodonosor se opone a la voluntad y poder del Dios de Israel. Lo confirma la frase «(Nabucodonosor) habló y las palabras que pronunció no caerán al vacío» (6,4), que encuentran su antítesis en varias afirmaciones de los Profetas (cfr Is 55,10-11; Jr 1,12; Ez 12,28; 2 R 10,10). El combate es ideológico y religioso más que militar.
Holofernes, airado, castiga a Ajior abandonándolo en manos de los israelitas (6,1-13). Cuando éstos le detienen, sienten con mayor apremio la necesidad de acudir a Dios. Por su parte, acogen benignamente a Ajior.