COMENTARIO

 Jdt 8,9-27 

En el discurso de Judit (8,9-27) se pueden distinguir tres partes que corresponden a tres ideas distintas. En primer lugar (vv. 11-17), que no se pueden poner condiciones a Dios, sino que hay que suplicarle con fe y confianza. En segundo lugar (vv. 18-24), que los habitantes de Betulia, de una parte, tienen motivos para confiar en Dios, por lo que no pueden rendirse ante las dificultades; de otra, su ciudad es de una importancia estratégica fundamental para la defensa de Jerusalén y del Templo, por lo que rendirse equivaldría a hacerse responsables de la destrucción de la Ciudad Santa y del Santuario. Por último (vv. 25-27), que Dios somete a los hombres a distintas pruebas para purificarlos y manifestar luego su protección, como ya hizo con los Patriarcas.

Tres son también las ideas religiosas que sustentan el discurso de Judit: no se pueden conocer los pensamientos de Dios (vv. 13-14); Dios ha enviado castigos a su pueblo debido a la idolatría e infidelidad de los israelitas (vv. 18-20); y Dios pone a prueba a los que tiene cerca de sí (vv. 25-27). Cada una de estas convicciones posee numerosos pasajes paralelos en la Sagrada Escritura: por ejemplo en los cantos de consolación de Isaías (cfr Is 40,12-26; 44,24-28; 46,8-13); en los Salmos que tratan de la historia de Israel (cfr Sal 78,56-66; 106,34-46); y en el libro de Job. Sin embargo, en el discurso de Judit el sentido que se da al sufrimiento es superior al del libro de Job; se acerca más al del libro de la Sabiduría (cfr Sb 3,1-9), y sobre todo al que se le da en la tradición cristiana, en cuanto amonestación y llamada a mayor perfección: «El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios» (S. Juan Pablo II, Salvifici Doloris, n. 12).

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