COMENTARIO
La oración de Judit, llena de sentido poético, es un ejemplo de la piedad del pueblo judío, comparable a las numerosas plegarias que se recogen en los libros históricos del Antiguo Testamento, sobre todo en los tiempos posteriores al destierro (cfr Esd 9,6-15; Ne 9,5-37; Tb 3,2-6.11-15; Est 4,17h-z). Se puede dividir en tres partes: 1) La alusión al episodio del rapto y violación de Dina, la hija de Jacob, por parte de Siquem, con la consiguiente venganza de Simeón y Leví (Gn 34,1-31); en la plegaria de Judit ese suceso es símbolo de todas las ofensas, todavía frescas en el recuerdo, sufridas por el pueblo de Israel y especialmente de la conquista y destrucción de Jerusalén (vv. 2-6). 2) La descripción del poder militar de los asirios y la petición de la victoria sobre ellos por obra de una mujer (vv. 7-11). 3) La súplica de que se lleve a cabo su plan (vv. 12-14). Lo que Judit pide constantemente, con distintas consideraciones en cada parte, es la exaltación del Dios de Israel y la confusión de los enemigos. Momentos particularmente intensos de esta oración son las frases con que se alude a la bondad y providencia de Dios (v. 11) así como a su omnipotencia (v. 12). Dios es invocado con distintas expresiones que reflejan la piedad veterotestamentaria: es el «Señor» (v. 8) capaz de romper las batallas y dispersar a los enemigos como guerrero poderoso (cfr Ex 15,3 griego; Jdt 16,2); el «Dios de la herencia de Israel, Señor de los cielos y la tierra, creador de las aguas, rey de todas tus criaturas» (v. 12); y sobre todo es el «Dios de los humildes, ayuda de los más débiles, protección de los enfermos, amparo de los desvalidos, salvación de los desesperados» (v. 11).
La preocupación de Judit por el Santuario y por la Ciudad Santa es constante como lo demuestra el hecho de que hiciera su oración a la misma hora en que se ofrecía incienso en el Templo (v. 1; cfr Ex 29,41; Esd 9,4-5), así como las alusiones a Sión, al altar y al Santuario (vv. 8 y 13).
A través de las palabras de Judit se vislumbra parte de su plan: liberar a su pueblo. Los enemigos de Israel, Nabucodonosor y su general Holofernes, son los enemigos de Dios. La confrontación de la que habla este libro es una guerra religiosa sin piedad, dirigida a arrancar del pueblo elegido la fe, el culto y hasta su propia identidad. Por este motivo, se pide a Dios que haga fracasar esta tentativa idólatra y blasfema quitando de en medio a sus impulsores. En ningún momento se alabará el engaño y la seducción de Holofernes por parte de Judit. Más aún, la heroína misma se sentirá en la obligación de asegurar a los ancianos y al pueblo de Betulia que entre ella y Holofernes no hubo nada reprochable: «Que viva el Señor que me ha protegido en el camino que he recorrido, porque la seducción de mi rostro le ha perdido, sin que haya cometido conmigo pecado alguno que me contaminara y avergonzara» (13,16). Judit es la heroína que Dios suscitó para salvar a su pueblo en circunstancias graves y casi desesperadas. Para la tradición cristiana lo verdaderamente importante es que el enemigo de Israel y de Dios sea derrotado por una mujer. En esto se fija la liturgia de la Iglesia cuando dirige a la Santísima Virgen María la alabanza que Ozías o los ancianos de Jerusalén dirigirán a Judit: «El Señor te ha bendecido con su poder, porque por tu medio ha aniquilado a nuestros enemigos. El Señor te ha bendecido, hija nuestra, más que todas las mujeres de la tierra» (Liturgia de las Horas, 15-VIII¸ lect. brev.; cfr 13,18); «¡Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú el orgullo de nuestra raza!» (Liturgia de las Horas, Común de Santa María Virgen, ad Laudes, antif. 2; cfr 15,9).