COMENTARIO
«La bienaventurada Judit, cuando su ciudad estaba cercada, pidió a los ancianos que le permitiesen salir al campamento de los extranjeros. Así pues, entregándose al peligro, por amor a su patria y su pueblo que se hallaba cercado, salió, y el Señor entregó a Holofernes en las manos de una mujer» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 55,4-5).
Judit sigue poniendo en Él su confianza y cumple fielmente los preceptos de la Ley, por lo que rechaza los manjares que se le ofrecen (12,1-4), considerados impuros según la tradición de los judíos piadosos (cfr Tb 1,10-12; Dn 1,8). Por eso, lleva consigo las provisiones suficientes para alimentarse. El texto cita el vino, en una bota de cuero; el aceite, en un pequeño recipiente; y los alimentos sólidos: frutos secos, higos y uvas, y harina tostada (o granos tostados), que se llamaba en hebreo qali (cfr Rt 2,14; 1 S 25,18) y se tomaba mezclada con agua y aderezada con aceite; todos, alimentos puros. Sólo come estas provisiones convencida de que el Señor acudiría prontamente en auxilio de su pueblo (12,1-4).
Judit, antes de poner por obra su plan, y dentro ya del campamento enemigo, se dedica intensamente a las prácticas de piedad: oración, baños rituales de purificación y ayuno (12,5-9). En la tradición cristiana, la oración de Judit ha quedado como ejemplo de eficacia para vencer las dificultades: «Judit, después de elevar a Dios su plegaria, logró vencer con la ayuda de Dios a Holofernes, causando así una sola mujer hebrea la deshonra en la casa de Nabucodonosor» (Orígenes, De oratione 13,2).