COMENTARIO
El pueblo judío hubo de soportar la terrible prueba de la dominación griega. Durante ésta se mantuvo fiel a la Alianza que Dios estableció con los Patriarcas, defendiéndola frente a la religión y cultura griegas que se imponían con fuerza en todo el Oriente conquistado por Alejandro Magno. Las costumbres paganas se introdujeron en Jerusalén y en Judá. A ello contribuyeron dos factores: la infidelidad de muchos judíos a su propia religión atraídos por la novedad y esplendor que aportaba la cultura helenística, y el intento de Antíoco Epífanes de dar unidad política a sus territorios mediante la imposición de la civilización y la religión griega. Para conseguir este objetivo Antíoco atacó los tres pilares en los que se apoyaba la religión judía: el Templo de Jerusalén; las costumbres religiosas, especialmente la circuncisión y la guarda del sábado; y los libros de la Ley de Moisés. Humanamente parecía inevitable la desaparición del judaísmo o su simbiosis con el modelo griego, como sucedió en el resto de los pueblos influidos por el helenismo. Pero no fue así: Israel mantuvo su identidad religiosa gracias a una especial providencia divina, para poder, de esta forma, seguir siendo el pueblo elegido del que nacería el Mesías, Jesucristo. Ésta es la enseñanza de los libros de los Macabeos que fue percibida en la tradición de la Iglesia al aceptarlos como parte de la Sagrada Escritura. San Agustín, al hablar de ellos, es consciente de que los hebreos no tienen estos libros en el mismo rango que la Ley, los Profetas y los Salmos, «pero no han sido recibidos por la Iglesia inútilmente, si se leen o se escuchan con serenidad, en especial lo referente a los mismos Macabeos que, por la ley de Dios, como verdaderos mártires padecieron cosas tan indignas y horrendas» (S. Agustín, Contra Gaudentium 1,31,38).