COMENTARIO
Vivir según las costumbres de los griegos equivalía en aquella situación a abdicar de la fidelidad al Señor y a la Alianza. Los gimnasios estaban presididos por dioses paganos, y «hacerse como los gentiles» era equivalente a ocultar los signos de la circuncisión cuando realizaban desnudos los ejercicios atléticos. La pertenencia al pueblo de Dios exigía un comportamiento moral distinto del de los gentiles, como lo exige también la pertenencia a la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, frente a corrupciones y conceptos de vida contrarios a la ley natural y a la ética cristiana.
Así lo enseñaba San Pablo a los primeros cristianos: «Por lo demás, hermanos, os rogamos y os exhortamos en el Señor Jesús a que, conforme aprendisteis de nosotros sobre el modo de comportaros y de agradar al Señor, y tal como ya estáis haciendo, progreséis cada vez más. Pues conocéis los preceptos que os dimos de parte del Señor Jesús. Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación: que cada uno sepa guardar su propio cuerpo santamente y con honor, sin dejarse dominar por la concupiscencia, como los gentiles, que no conocen a Dios» (1 Ts 4,1-5).
«Rechazad el engaño —advierte San Josemaría Escrivá— de los que se conforman con un triste vocerío: ¡libertad, libertad! Muchas veces, en ese mismo clamor se esconde una trágica servidumbre: porque la elección que prefiere el error no libera; el único que libera es Cristo (cfr Ga 4,31), ya que sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida (cfr Jn 19,6)» (Amigos de Dios, n. 26).