COMENTARIO
Se recuerda con dolor extremo la fecha exacta en que fue erigida en el Templo de Jerusalén un ara, o quizá una estatua, dedicada a Zeus Olímpico: el ocho de diciembre del año 167 a.C. La repulsa que los judíos sintieron hacia tal objeto queda reflejada por el nombre con el que lo designaron: «La abominación de la desolación» (cfr Dn 9,27; 11,31; 12,11). En esta expresión, tal como rezaría en hebreo, resuena el nombre de «Baal de los cielos», el ídolo cananeo que atraía en tiempos antiguos a los israelitas y contra el que lucharon los profetas (cfr 1 R 18,20-40). Pero en sí misma significa, al mismo tiempo, algo abominable que lleva a la perdición total. Es, en definitiva, el símbolo del culto idolátrico que quiere imponerse por la fuerza al culto del verdadero Dios. Nuestro Señor Jesucristo recordará estos hechos usando ese mismo nombre «abominación de la desolación» para anunciar la tribulación que se abatirá sobre Jerusalén —como efectivamente ocurrió cuando la conquistaron los romanos el año 70 d.C.—, y que será como un signo de las tribulaciones que sobrevendrán al final de los tiempos (cfr Mt 24,15-25 y par.).
Los sucesos que se narran aquí sucintamente y la violencia de la persecución sufrida por los judíos, así como los ejemplos heroicos de fidelidad, se cuentan con más detalle en 2 M 6,1-11.18,31; 7,1-42. Fueron momentos de extrema dureza para Israel en los que se acrisolaba la fidelidad a Dios. Éste es el sentido de las persecuciones que Dios permite, tanto para Israel como luego para la Iglesia.