COMENTARIO

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Matatías comienza la guerra contra los enviados del rey para defender su religión y su patria, tras darse cuenta de que la huida, la lamentación (vv. 6-14), o la resistencia pasiva como la de los mártires (vv. 29-38) no eran suficientes. La realidad religiosa y la patriótico–política estaban entonces unidas de tal forma que eran inseparables. Por eso la defensa de la religión implicaba en aquel momento la lucha armada. La supervivencia del judaísmo iba unida, dada la política de Antíoco, a la consecución de cierta autonomía y libertad en el ámbito político. La guerra emprendida por Matatías no fue propiamente una «guerra santa», orientada a imponer una religión o a destruir a quienes practicaban otra, sino que se trataba de una guerra de defensa de su libertad y de su tierra ante la imposición por la fuerza de una religión ajena. Es un caso, por tanto, de guerra justa.

La Iglesia en su doctrina no ha dejado de recordar a los hombres la necesidad de trabajar por conseguir la paz. Sin embargo, «mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 79,4). Por ello, invita a considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez: que el daño infligido por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto; que los restantes medios para ponerle fin hayan resultado impracticables o ineficaces; que se reúnan las condiciones serias de éxito; que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición. Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la «guerra justa» (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2308-2309).

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