COMENTARIO
Una vez rechazado el enemigo, la primera preocupación de los Macabeos es la de purificar el Templo y reanudar el culto, ya que esto significaba volver a vivir de nuevo la plena relación con su Dios, y tal era el objetivo de la guerra.
La purificación la llevan a cabo sacerdotes irreprochables, tal como establece la Ley (cfr Lv 22,3-9). Las piedras del altar que había consagrado Esdras (cfr Esd 3,2-5) no podían ser arrojadas al valle de la Gehenna, como las de los altares construidos por los paganos. Por eso se busca una solución provisional de aquel problema a la espera de que aparezca un profeta (v. 46; cfr 9,27; 14,41; Dn 3,38). La construcción de un altar nuevo siguiendo la prescripción de Ex 20,25 imprime a ese momento una semejanza con el de la dedicación del Templo por Salomón (cfr 1 R 8,1-66) o el de la restauración llevada a cabo por Esdras y Nehemías (cfr Esd 5,1-6,22). En 2 M 10,1-8 se ofrece una descripción más breve de los sucesos, pero se resalta la novedad del fuego que va a ser utilizado para los sacrificios.
La importancia que adquiere la fiesta que queda establecida con motivo de la Dedicación del Templo se encuentra expuesta en 2 M 1,9.18; 2,16. En hebreo esta fiesta se llama Hanukkah y en griego Encenias porque en ella se encendían lámparas en las casas —y se encienden actualmente entre los judíos— simbolizando la luz de la Ley. En esta fiesta Jesús se declaró Hijo de Dios ante los judíos (cfr Jn 10,22-39).