COMENTARIO
Demetrio, hijo de Seleuco IV (187-175 a.C.), era el legítimo heredero del trono de Siria, pero no había podido ejercer su derecho ya que había sido llevado como rehén a Roma en sustitución del rey Antíoco IV Epífanes (cfr 1,10). Demetrio logró escapar de Roma con la ayuda del historiador Polibio, amigo suyo, y en una nave fenicia llegó a Trípoli (cfr 2 M 14,1) donde se proclamó rey.
El partido prohelenista de Jerusalén, capitaneado por Alcimo, enseguida busca ganarse la voluntad del nuevo rey y enfrentarle con el partido de Judas y sus seguidores que están imponiendo en Jerusalén las costumbres tradicionales. El tal Alcimo había sido depuesto del cargo de sumo sacerdote (cfr 2 M 14,3-4), y ahora ve el momento propicio para hacerse de nuevo con el cargo y controlar Jerusalén. Y, en efecto, el rey entiende que el decidido filohelenismo de Alcimo por un lado, y su posición de sacerdote como descendiente de Aarón, por otro (v. 14), además de su ambición, le convierten en la persona idónea para encauzar la política con los judíos. De hecho, los asideos (cfr 2,42) lo aceptaron dejándose engañar y separándose del partido de Judas. Por eso sufrieron el castigo anunciado en Sal 79,2-3 (vv. 13-17). Una vez más el autor sagrado destaca que los judíos infieles a Dios y a su causa, es decir, los que no secundaban a Judas y a sus hermanos, eran los promotores de los males que se avecinaban.