COMENTARIO

 1 M 7,21-50 

La oposición de Judas a la política de Alcimo —peor ésta que la de los gentiles porque seducía a muchos judíos—, y la protesta de éste ante el rey, ocasionan un nuevo ataque del ejército imperial contra Judea y Jerusalén. Esta vez al frente del ejército viene Nicanor, que ya conoce la valentía y la capacidad estratégica de Judas (cfr 3,48-4,27). Por eso el sirio recurre al engaño, aunque según 2 M 14,15-33 los sentimientos de Nicanor hacia Judas eran al principio sinceros, y sólo se convierten en odio por las maquinaciones de Alcimo. En cualquier caso, Nicanor desprecia al pueblo y sus sacrificios, y amenaza con destruir el Templo (vv. 33-35). Frente a aquella arrogancia, el autor sagrado nos informa de la oración de los sacerdotes (vv. 36-38) y del mismo Judas pidiendo el castigo de aquel blasfemo como ya había ocurrido en el pasado (v. 41; cfr 2 R 18,17-19,37). Dios no sólo da la victoria a Judas, sino que proporciona al blasfemo un castigo ejemplar (v. 47). Sobre estos sucesos y la fiesta del «día de Nicanor», véase 2 M 15,25-36.

Una vez más, Judas aparece como el salvador del judaísmo. Ahora frente al intento del sumo sacerdote Alcimo y de sus partidarios de darle una forma helenizada y, además, impuesta por la fuerza con ayuda de una potencia extranjera. En el conjunto de 1 M este nuevo atentado contra la religión judía aparece como un argumento para justificar la legitimidad y la política de los asmoneos, sucesores de los Macabeos. En el conjunto de la Biblia, esta reafirmación del judaísmo constituye un paso más hacia la aparición del verdadero Israel, que surgirá de la fidelidad y obediencia a Dios de Jesucristo en la Cruz (cfr Ef 2,14-16; Flp 2,7-9), cuya lucha no será contra ejércitos humanos sino contra las asechanzas del diablo (cfr Ef 6,11-13).

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