COMENTARIO
La segunda escena es más concisa que la primera pero más dramática: Dios reconoce solemnemente la integridad moral de Job, y Satán propone una prueba definitiva, una «úlcera maligna» terrible y vergonzante que llevara consigo el aislamiento del enfermo (cfr Lv 13,45-46). Job, finalmente, queda maltrecho por la enfermedad y es despreciado incluso por su mujer, que sólo alcanza a interpretar aquellas desgracias como un severo castigo.
La reacción de Job es admirable y refleja su virtud extraordinaria, pero, sobre todo, su sabiduría: tilda de necia —no de malvada— a su mujer, y muestra lo incoherente de su conducta con una máxima propia de un sabio: «Si aceptamos de Dios los bienes, ¿cómo no vamos a aceptar también los males?» (v. 10).
El autor sagrado formula su dictamen, como al final del primer episodio, ratificando la inocencia del protagonista malherido: «En todo esto tampoco pecó Job» (v. 10b). Deja así el camino abierto para el diálogo que viene a continuación, en el que los datos son claros: Job nunca pecó y, sin embargo, ha contraído una grave y repugnante enfermedad. ¿Cómo se explica esta situación?