COMENTARIO
En las primeras palabras (v. 1) se resume con desgarro el tema de este largo monólogo de Job: la maldición del día de su nacimiento. Con expresiones fuertes, cargadas de dramatismo y de un cierto lirismo, el protagonista lamenta su existencia: en contraste con el «haya luz» de la creación (Gn 1,3), por el que se estableció la distinción entre el día y la noche, se pide que el día del nacimiento se convierta en noche y ésta en tinieblas sin fin (vv. 3-10). Las preguntas retóricas y las afirmaciones de los vv. 11-19 ponen en duda el sentido de la existencia de quien sufre, presentando como más deseable la muerte. La última parte de este soliloquio (vv. 20-26) plantea la pregunta sobre Dios casi sin nombrarlo: ¿cómo comprender el designio divino de traer a la vida a quien está destinado a sufrir? Job no encuentra respuesta en medio de su dolor, pero al hacer las preguntas deja entender que deberá haber alguna.
El Job de los diálogos es bien diferente del presentado en el prólogo. Ahora interroga y se muestra disconforme, plantea con crudeza el sentido de la vida cuando existe el sufrimiento, y la impotencia del hombre para evitarlo, si no es con la muerte, con la no existencia que no depende de él.
Con frecuencia los comentaristas antiguos se preguntaban si Job cometió pecado con estas imprecaciones. San Gregorio Magno llega a decir que las palabras de Job son contrarias a la razón si se leen superficialmente, pero que «con ellas el santo varón no quiso decir nada según el sentido literal» (Moralia in Iob 4,3). La mayoría de aquéllos, en cambio, justifican esta intervención de Job explicando que no hay pecado en el anhelo de no seguir viviendo cuando la vida está cargada de dolor; el pecado está en el suicidio practicado o deseado. También Jeremías maldijo el día de su nacimiento (cfr Jr 20,14-17) y no pecó (cfr S. Tomás, Expositio super Iob). Análogamente, si bien por motivos distintos, los místicos experimentaron también deseos de morir por sus anhelos de la vida del cielo. De ahí que Santa Teresa de Jesús pueda exclamar: «Y tan alta vida espero, que muero porque no muero» (Poesías 2).
«Los que maldicen el día» (v. 8) son los que aman las tinieblas para hacer el mal; pero incluso éstos deberían maldecir aquella noche.