COMENTARIO

 Jb 3,11-19 

La muerte es contemplada del mismo modo que en la sabiduría tradicional, como una existencia desvaída cercana al no ser. Por eso, frente al sufrimiento es el lugar de descanso, como un sueño sin ruidos (v. 13), ajeno al tumulto de los malvados (v. 17) o a los gritos del capataz (v. 18). Y es el lugar donde no hay diferencias: se igualan los súbditos más pobres con los reyes y los ricos (vv. 14-15), los pequeños con los grandes, los siervos con los amos (v. 19).

A la luz de la revelación posterior, y sobre todo de la muerte y resurrección de Cristo, la muerte adquiere un nuevo sentido: ya no es sólo descanso de los sufrimientos, sino también inicio de la recompensa: «Bienaventurados los muertos que desde ahora mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan» (Ap 14,13). De este modo, para el cristiano, la muerte se convierte en la antesala de la resurrección definitiva: «Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron» (1 Ts 4,14). San Bernardo lo expresa en frase feliz: «La muerte del justo es buena por el descanso, mejor por la novedad del gozo, óptima por la seguridad de que será para siempre» (Epistolae 105).

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