COMENTARIO
Junto a las incontables maravillas que Dios obra en la naturaleza, especialmente la lluvia que parece estar orientada a beneficiar a los más desfavorecidos (vv. 9-11), se cuenta la de desorientar a los que se presentan como sabios pero son pecadores (vv. 12-13). Elifaz se considera sabio porque sabe razonar: la enfermedad es consecuencia del pecado, Job está enfermo, luego es pecador. Más pronto o más tarde Dios pondrá al descubierto sus delitos. ¡Qué distinta es la argumentación de San Pablo! Con una expresión semejante: «Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios» (1 Co 1,27), abre camino para comprender la verdadera sabiduría: ésta no es la del hombre arrogante, que, creyendo saber todo, afirma que el sufrimiento es consecuencia del delito, sino más bien la del hombre humilde capaz de reconocer la lógica de Dios que hace del dolor, de la Cruz de Cristo, fuente de sabiduría y de salvación. «La razón no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que ésta puede dar a la razón la respuesta última que busca. No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la sabiduría lo que San Pablo pone como criterio de verdad y, a la vez, de salvación» (S. Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 23).