COMENTARIO
También el nuevo rey reconoce y proclama el señorío divino, haciéndose eco de las palabras del v. 6. No reina por su propio poder o en virtud de su ascendencia, sino por «decreto del Señor» que lo ha elegido y le ha prometido el dominio sobre todos los pueblos de la tierra. Es el acta que legitima la subida al trono. La elección se expresa en términos de generación humana: «Tú eres mi hijo…»; y el día de la coronación es el «hoy» en el que se cumplen las promesas de Dios a David (cfr 2 S 7,14). Esta forma de hablar en sentido figurado queda abierta a un significado más pleno cuando llegue el momento, el «hoy», del cumplimiento definitivo de las promesas. Así, ese decreto divino, punto central del salmo, volvió a ser pronunciado por Dios cuando Cristo fue bautizado en el Jordán (cfr Mt 3,17 y par.), y cuando se transfiguró en el Tabor (cfr Mt 17,5 y par.). Él es el Hijo en el que se complace Dios Padre. Al resucitarle de entre los muertos Dios cumplió aquel decreto que a su vez era una promesa (cfr Hch 13,32-33). Las mismas palabras del v. 7 son citadas en la Carta a los Hebreos para mostrar la dignidad de Cristo, superior a los ángeles, por ser el Hijo de Dios (cfr Hb 1,5). Siguiendo esta aplicación a Jesucristo comenta San Cirilo de Alejandría: «Dice haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de Él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en Él. Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos» (Commentarium in Ioannem 5,2).
Por otra parte, los santos padres ven dirigidas a Jesucristo las palabras del v. 8. Así, por ejemplo, Orígenes comenta que «como nadie puede tener un don de Dios si no lo pide, el mismo Salvador es exhortado por el Padre a pedir para que se lo pueda dar» (In Evangelium Ioannis 13,3). Y Clemente de Alejandría dirá que «Dios enseña a que se le haga una petición verdaderamente digna de un rey, la salvación de los hombres, sin recompensa a cambio, para que nosotros podamos heredar y poseer al Señor» (Stromata 4,136).
Cada cristiano puede escuchar esas mismas palabras como dirigidas a él: «La misericordia de Dios Padre nos ha dado como Rey a su Hijo. Cuando amenaza, se enternece; anuncia su ira y nos entrega su amor. Tú eres mi hijo: se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser alter Christus, ipse Christus. Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con Él la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 185).