COMENTARIO

 Salmo 6 

La paz nocturna del salmista cantada en los salmos anteriores (cfr Sal 3,6; 4,9) se ve a veces turbada por el dolor (Sal 6,7). Este salmo se presenta como modelo de oración elevada a Dios en tales circunstancias, y, precisamente, cuando el hombre reconoce su condición de pecador.

El salmista, consciente de su culpabilidad, comienza suplicando el perdón divino (v. 2). A continuación (vv. 3-8) desarrolla su plegaria: presenta ante Dios su situación de enfermedad física y de aflicción interior (vv. 3-4); después aduce los motivos por los que espera una intervención divina (vv. 5-6); y expone de nuevo su angustia acrecentada por la opresión de sus enemigos (vv. 7-8). Termina proclamando ante éstos que Dios ha escuchado su súplica (vv. 9-11).

La respuesta de Dios a la petición del salmista en medio de su dolor nocturno (v. 10) es tipo de la que dio a la pasión y muerte de Cristo resucitándolo de entre los muertos. A la luz de este acontecimiento, la petición que el cristiano dirige a Dios pidiendo su perdón se orienta, no tanto a ser librado de la enfermedad y de la muerte, sino a poder reconocerle y alabarle en la bienaventuranza eterna.

El salmo 6 es el primero de los siete «salmos penitenciales» establecidos por la tradición litúrgica cristiana para expresar el deseo de conversión (Sal 6; 32; 38; 51; 102; 130; 143). En él destaca la petición de perdón hecha con esperanza: «Ante nuestras miserias y nuestros pecados, ante nuestros errores —aunque, por la gracia divina, sean de poca monta—, vayamos a la oración y digamos a nuestro Padre: ¡Señor, en mi pobreza, en mi fragilidad, en este barro mío de vasija rota, Señor, colócame unas lañas y —con mi dolor y con tu perdón— seré más fuerte y más gracioso que antes! Una oración consoladora, para que la repitamos cuando se destroce este pobre barro nuestro» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 94-95).

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