COMENTARIO
En contraste con el salmo anterior, en el que el salmista se consideraba pecador y pedía el perdón divino, en éste, cuando el orante piensa en sus opresores, se considera inocente y pide ser juzgado por Dios. Es un salmo de súplica individual que incluye al mismo tiempo una reflexión característica en la literatura sapiencial, por lo que se considera de composición tardía.
Se distinguen claramente dos partes. En la primera, el salmista se dirige personalmente a Dios pidiendo su protección (vv. 2-10); en la segunda, se dirige a los lectores proclamando su confianza en Dios que salva al justo y castiga al pecador (vv. 11-18). La primera parte se inicia con una invocación habitual y una petición de ayuda (vv. 2-3), y sigue con la declaración de inocencia por parte del salmista (vv. 4-6), para volver de nuevo a pedir la intervención divina que establezca un juicio justo (vv. 7-10). La segunda parte se abre con la proclamación de la confianza del salmista en Dios y en su justicia (vv. 11-12), y continúa con la exposición de la suerte del pecador (vv. 13-17), para concluir con el propósito de seguir alabando al Señor (v. 18).
El modelo para el cristiano que reza los salmos siempre es Jesucristo. Él, en su pasión y en la cruz, no proclama el castigo de quienes le persiguen, sino que pide para ellos el perdón porque «no saben lo que hacen» (Lc 23,34).